Deutsche Grammophon


Pepita Jimenez (Albeniz) (DG)

Pepita Jiménez
"Comedia lírica en dos actos basada en la novela de Juan Valera"
Libreto: Francis Burdett Money-Coutts
Música: Isaac Albéniz
(Primera grabación de la versión final del compositor
con los cantables originales en inglés)

DG 00289 477 6234
(2-CD, TT=90:52, folleto con ensayos y libreto
en inglés, español y francés)


Christopher Webber

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La labor de José de Eusebio para rescatar del olvido la obra operística de Albéniz le convierte en un Hércules moderno. Tras el imprevisto gran éxito de Merlin en CD, en escena y en DVD y las más discretas recuperaciones de Henry Clifford en disco y de San Antonio de la Florida para el teatro, viene quizá su más heroico esfuerzo hasta el momento. Exceptuando la opereta inglesa The Magic Opal, Pepita Jiménez fue la única obra escénica del autor capaz de causar sensación en el momento de su presentación. Albéniz la revisó dos veces después del estreno barcelonés de 1896, primero para su publicación y para una reposición en Praga el mismo año y luego –y a la luz de algunos consejos sobre la orquestación hechos por Paul Dukas– para una exitosa producción bruselense en 1905. Su tema español y la ambientación doméstica sitúan justamente a Pepita Jiménez en el centro del mundo musical de Albéniz y cualesquiera que sean sus problemas sigue siendo, con mucho, su más concentrada y amena obra escénica tanto en estilo como en contenido.

La popular obra literaria de Juan Valera fue publicada en 1874 y mereció una estatua del escritor y su heroína en el paseo de Recoletos. La novela cuenta la sencilla historia de un joven seminarista, Don Luis de Vargas, que se enamora de una rica viuda y que debe elegir entre ella y la iglesia. Valera vislumbró que el conflicto interno entre lo sacro y lo profano difícilmente podría ser material para una ópera (“Si Mozart tuviera que ponerle música a Pepita Jiménez, obtendría un fiasco”), pero accedió a los ruegos del compositor para que Francis Burdett Money-Coutts convirtiera su narración en un libreto inglés. Los talentos literarios del benefactor y colaborador de Albéniz han demostrado con los años ser un blanco fácil de los críticos, pero la verdad es que no lo hizo tan mal con Valera condensando la acción de la novela en un sólo día de fiesta y simplificando los móviles que mueven a los principales personajes. A pesar de su intento de excentricidad verbal dotada de una fluidez ligera, teatral y coloquial, el libreto de Money- Coutts dio al compositor una oportunidad de oro para combinar soliloquios reflexivos, música ambiental y números de conjunto. Como Walter Aaron Clark concluye en el impresionantemente documentado ensayo incluido en el folleto que acompaña al disco, esta ópera se sustenta (o bien cae) exclusivamente en la calidad de su música y Money-Coutts realmente no condicionó al compositor a la hora de componer.

Las dos grabaciones previas de la obra, a cargo de Pablo Sorozábal (1964) y de Josep Soler (1990), difieren mucho de lo que Albéniz realmente escribió, una divergiendo hacia un verismo melodramático y la otra hacia la música de cámara neoclásica. Aunque ambos directores puedan haber tenido sus razones para tales virajes, la grabación de José de Eusebio se torna en una revelación puesto que por vez primera se puede escuchar la partitura original completa y sin adulteración. Y de este modo consigue mantenerse en pie. Todo es delicado y mucho es inspirado –notablemente el coro de niños del acto II (“ Born into common humility”), el ballet y la escena de la fiesta nocturna que le sigue, impregnada de aroma a azahar y que culmina con el hipnótico “ Love moves by night!…” cantado por Don Luis–. En cualquier caso Pepita Jiménez se distingue por su generosidad melódica, su sofisticación armónica y su rigor sinfónico. No se puede echar un jarro de agua fría a la habilidad albeniciana como orquestador. Y cuando una obra se dirige e interpreta exhibiendo tal comunión intelectual con la misma, los medios y la ejecución se muestran perfectamente adecuados a los fines.

Sin embargo Pepita Jiménez todavía genera dudas. Gran parte del debate se ha centrado en la viabilidad dramática de la ópera por sí misma y a pesar de la enconada defensa que Clark hace de ésta se debe admitir que el final es confuso. Si Pepita se ha intentado suicidar ¿cuál es el resultado de la intervención de última hora de Don Luis? Pero, con toda sinceridad, creemos que esto es una cuestión secundaria. Ese instinto vulgar de comunicación que hace a un Verdi, a un Puccini o incluso –y lo digo a riesgo de que se me crucifique por ello– a un Sorozábal, llegar a nosotros desde de las candilejas y hacernos cosquillas en la garganta, está ausente en Albéniz. Todo en él está al servicio de lo musical por delante de lo teatral. Los personajes son pálidos fantasmas y apenas nos hacen partícipes de sus situaciones o sentimientos melodramáticos. La obra de Albéniz también se torna una pesadilla para los cantantes desvirtuando el sentido que pudiera haber en la difícil prosodia de Money-Coutts –no resultando por tanto sorprendente que Sorozábal se decidiera a dotar a la fragante partitura de un texto español, reescribiendo las líneas vocales para hacerlas más agraciadas–. Por estos motivos Pepita Jiménez, como ocurre con la Genoveva de Schumann y el Fennimore and Gerda de Delius aunque sea tildada como una bella obra, acaba siendo mucho más honrada que interpretada. Faltándole un toque de genio, el efecto final es el del boceto de una ópera más que el de la verdadera obra.

Deben hacerse, no obstante todas las alabanzas a la labor de José de Eusebio ante su interpretación de lo que al menos es una muy agradable partitura. El ritmo está perfectamente medido y el equilibrio instrumental y vocal es todo lo bueno que Albéniz permite. Sus lecturas del ballet del segundo acto y del intermedio son meticulosas. Ni la orquesta y el coro, ni la toma de sonido frontal dejan nada que desear. Pero alguno de los solistas sí. Un timbre frágil, una afinación imprecisa y una dicción turbia convierten a Carol Vaness en auténtico castigo para el oyente por su cometido en el papel titular de la obra. Sus dos espléndidos solos reflejan aquí de manera demasiado realista la inquietud de Pepita. Paradójicamente sus colegas españoles abordan el texto de una forma mucho más vívida. Enrique Baquerizo no tiene problemas al pintar la sencilla urbanidad del padre del héroe, pero la necesidad de colocar su aterciopelada voz de bajo en la tesitura de un barítono lírico le sitúa en ocasiones fuera de su zona de confort. Como en tantas otras grabaciones recientes, la voz de Plácido Domingo suena espectacularmente joven en el infradesarrollado papel de Don Luis. Su “ Love moves my night!...” cantado de forma radiante es un oasis en una isla desierta aunque Jane Henschel –que encarna el elocuente personaje de Antoñona, auténtico motor argumental de la ópera–   no resulta menos subyugante. Vocal y verbalmente segura, Henschel se preocupa por dar vida a música y texto. No es defecto suyo que la vieja ama de cría suene más joven que su señora. Las contribuciones de Carlos Chausson para hacer un vicario sólido y de José Antonio López para lograr un comedidamente vacuo Conde de Genazahar, son también dignas de mención. En la documentación gráfica de este disco aparece un error en el reparto: el oficial número uno es cantado por el tenor Ángel Rodríguez mientras que el número dos lo es por el barítono Federico Gallar y no al contrario como aquí queda consignado; ambos desempeñan sus partes de modo admirable.

El folleto y la presentación de DG son tan estilizados como útiles, incluyendo un lúcido ensayo de José de Eusebio acerca de la historia dramatúrgica y musical de la obra. Aunque tanto este texto, como aún en mayor medida el de Clark, pecan de ser reivindicativos en exceso –a expensas incluso de Sorozábal, cuya radical reorganización de elementos produce una experiencia totalmente diferente– difícilmente se podrían exponer de mejor modo los últimos pensamientos presentes en la partitura de Albéniz, tanto en la teoría como en la práctica. Pocos aficionados serán capaces de desprenderse de sus preciados elepés con Teresa Berganza, Inés Rivadeneira y Julián Molina en la épica versión de 1964, pero la Pepita Jiménez original tiene un encanto zarzuelístico fresco y poético que el drama más denso y mejor planteado de Sorozábal no logra alcanzar. A pesar de sus defectos vocales, la bella lectura de José de Eusebio debe ocupar un puesto de honor.

© Christopher Webber 2006
© Traducción española Ignacio Jassa Haro 2006

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The reviewer with Pepita in Recoletos, Madrid
El autor de la crítica con Pepita en Recoletos

Reparto:
Carol Vaness (soprano) - Pepita Jiménez; Plácido Domingo (tenor) - Don Luis de Vargas; Jane Henschel ( mezzo-soprano) - Antoñona; Enrique Baquerizo (barítono) - Don Pedro de Vargas; Carlos Chausson (bajo) - Vicario; José Antonio López ( baritono) - Conde de Genazahar; Ángel Rodríguez (tenor) – Primer oficial; Federico Gallar (barítono) – Segundo oficial

Coro de Niños de la Comunidad de Madrid (director del coro, José de Felipe); Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (director del coro, Jordi Casas Bayer); José De Eusebio (director musical)


(Grabado en el Teatro Bulevar de Torrelodones, Madrid, 04-06/07/05)

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