“Cuando se es verdaderamente artista, se tiene buen corazón”



En conversación con
Inés
Rivadeneira


Enrique Mejías García
& Raúl Asenjo

Ines Rivadeneira

Muy cerca de la Plaza del Biombo de Madrid, y frente a la mudéjar parroquia de San Nicolás vive Inés Rivadeneira. Cuando uno pasea cerca de este dédalo de casas y se acerca al hogar de la diva, tiene la sensación de estar volviendo a otra época, a otro mundo donde cantar zarzuela era el más preciado premio que un cantante lírico podía obtener. Pero no es su casa un relicario de viejos recuerdos donde entonar lo de “¡qué tiempos aquellos!” que dirían Ascensión y Joaquín. Charlando en su salón ‘la Rivadeneira’ está cómoda, se siente más joven que nunca y con fuerzas para seguir enseñando a generaciones de cantantes su preciosa técnica y su estilo inigualable a la hora de recrear con su voz lo que los sabios llamaron “poesía”.


¿Cómo descubrió su voz, sus facultades musicales?

Empecé a cantar en un coro, en Valladolid, de las Madres Dominicas, tendría 13 o 14 años, y hubo un sacerdote que me descubrió las óptimas facultades vocales que tenía. Eso me animó mucho y, al llegar a casa contenta, se lo dije a mi madre y me respondió: “Ese cura te ha tomado el pelo”. Desde ese día, surgió en mí la inquietud por el canto, el interés por la música, y comencé a estudiar en Valladolid solfeo, para venir a Madrid becada a los 16 años.

Ya en Madrid, ¿quiénes fueron sus profesoras?

Lola Rodríguez de Aragón, maestra de toda una generación, con quien hice la carrera completa en Madrid y Ángeles Ottein, también en Madrid, con quien estudié repertorio operístico y que era profesora de Pilar Lorengar, entre otras. Después obtuve una beca y fui a Viena, donde amplié estudios con Erik Werba y trabajamos el lied y el oratorio.

¿Qué recuerda de su relación con Lola Rodríguez de Aragón?

Extraordinaria. Era, aparte de maestra, consejera, como una segunda madre. Todas las alumnas le contábamos nuestra vida, nuestras historias, nuestros amores... Una guía maravillosa: inteligentísima, muy vital, una mujer con visión de futuro.

¿Qué es lo que más le agradece como maestra de canto?

En esa época, resultaba difícil encontrar alguien que te dotara de una línea de canto, como para poder interpretar lied u oratorio; en España, por entonces, no había gente muy especializada en este género, y eso hacía a Lolita diferente.

¿Y con Ángeles Ottein...?

Todos sabemos que la Ottein era una gran cantante que actuó en Milán, Nueva York... y tuve la suerte de que fuera mi maestra en el repertorio operístico. En ese aspecto, le debo mucho a ella.

¿Qué recuerdos conserva de sus años como estudiante en el conservatorio, de sus compañeros y del ambiente de ese Madrid?

Fantástico. Pensad que éramos compañeras Iriarte, Berganza, yo... y que, cantábamos juntas las tres mezzosopranos en lo que después sería, por iniciativa de nuestra maestra, el Coro Nacional de España, que dirigía Roberto Plá. Yo tenía 17 años y por el coro, ganaba un poco de dinero que complementaba la asignación de la beca, más bien escasa, lo cual me venía de maravilla. Además, en un coro se aprende mucho: musicalidad, orden, medida, afinación... todo. Además de nosotras tres, estaban Olaria, Nafé, Chano González...

Y ese Madrid del que me preguntas, era mucho más alegre, más íntimo... En ocasiones, a finales de mes, los estudiantes nos veíamos apurados, sin embargo, lo arreglábamos todo cantando, riendo... y ahora la juventud está amargada, triste, cada uno va a los suyo... Yo lo hecho de menos.

Nos retrotraemos ahora al año 1956, a la reapertura del Teatro de la Zarzuela, y a esa mítica Doña Francisquita...

Sí, junto a Alfredo Kraus y Ana María Olaria. Fue muy emocionante. Había cantado antes ópera, pero fue mi presentación en Madrid, además de mi primera zarzuela en escena. Fue un éxito, porque, además, dirigía Tamayo... Aquello fue impresionante; estuvimos más de dos años con la obra de Vives en cartel, ¡se formaban unas colas!... Tengo un recuerdo muy grato.

Al poco tiempo, esta vez junto a Ausensi y Lorengar, cantamos Las golondrinas, también dirigidos escénicamente por Tamayo.

En esa misma época surge el proyecto de representar zarzuela en el Teatro Español, junto a Iriarte, Rosado... y bajo la dirección de Ataulfo Argenta. ¿Qué recuerdos tiene del maestro?

De Argenta, el mejor de los recuerdos. Es el padrino de mi hijo y aprendí de él muchísimo. Hubiera sido un Karajan español; tenía un nervio, una fuerza, un alma... algo fuera de lo común. En España no he vuelto a ver algo parecido.

Con 25 años recibe el Premio Nacional de Lírica. Para una cantante tan joven, ¿cómo valora este premio y que implicó en su carrera?

Personalmente, fue un honor recibirlo. Además, profesionalmente, supuso un lanzamiento y, por ello, los teatros se interesaron más por mí. Ese mismo año, recibió Alfredo Kraus el mismo galardón en la modalidad masculina, lo que añade una especial emoción al acontecimiento. Para mí Alfredo fue un fuera de serie, un compañero excepcional.

Antes de su debut como Beltrana, ya había cantado papeles operísticos...

Sí, en Bilbao, Oviedo, en todas las temporadas oficiales, que eran pocas. Hice Ulrica (Un Ballo in Maschera), junto a Richard Tucker, Maddalena (Rigoletto), junto a Raimondi y Olaria, Preziosilla (La Forza del Destino), Siebel de Faust, L´Amico Fritz, Amaya, El Giravolt de Maig, Goyescas, Las Bodas de Fígaro, e incluso L´Incoronazione di Poppea y Khovantchina... Pero mi gran éxito fue la Carmen, que la canté desde 1962 a 1966 en innumerables ocasiones, en el Liceu entre otros teatros. Además, hicimos una gira con Tamayo, junto a Lavirgen, otro gran compañero, y la cantamos en más de cincuenta funciones, dentro y fuera de España, ¡incluso en la Maestranza!

En 1964 participó en el estreno absoluto de El hijo fingido del maestro Rodrigo. ¿cómo recuerda ese estreno y la preparación de la obra junto a tan ínclito autor?

Era muy entrañable, muy cariñoso, a mí me tenía un afecto especial, al igual que su mujer. Cuando le veía de lejos, le cantaba unos compases de su obra y enseguida me reconocía con alegría. El hijo fingido no obtuvo el éxito que merecía, porque quizás el público no poseía la preparación cultural y la sensibilidad suficientes como para apreciar los valores de esta obra. No es una obra “de masas”...

En el mismo año, comienzan las temporadas de ópera en la Zarzuela...

Así es; fue cuando canté, entre otras, La Forza del Destino junto a Bergonzi y Capuccilli, grandes figuras de las que he aprendido más que en toda mi carrera. Les escuchaba con verdadero fervor. De ellos, se aprende cómo solucionar determinados puntos de la técnica vocal: un agudo, un piano... Todo esto luego me ha venido muy bien para la enseñanza.

¿Cuándo se retira de los escenario y comienza su labor pedagógica?

A los 45 años, en el cenit de mi carrera, es cuando obtuve la cátedra en la Escuela Superior de Canto. Creí que podría compaginar la labor pedagógica con los escenarios, pero enseguida me di cuenta de que era imposible. Fue cuando decidí cerrar mi carrera en los escenarios con un broche de oro: La vida breve junto a Victoria de los Ángeles en el Albert Hall londinense. Un éxito rotundo; me siguieron llamando para nuevas producciones pero ya había decidido dedicarme exclusivamente a la enseñanza. Sí acepté dar un recital en solitario posteriormente, en Londres, dirigida por Ernesto Halffter.

Para mí, enseñar es tan gratificante como interpretar, o más todavía. Mis alumnos han sido siempre amigos míos, es más, hace unos días vinieron dos antiguos alumnos desde Méjico, ahora matrimonio, para que escuchase la voz de sus dos hijos y valorase sus posibilidades. Este tipo de experiencias me llenan de orgullo y satisfacción.

¿Qué es lo que quiere dejar Inés Rivadeneira como herencia musical a sus alumnos?

Uno de los puntos en los que más insisto es la relajación en el canto. Ahora en los cantantes, tanto modernos como líricos, incluso grandes figuras, se ve una cierta tensión, un constante esfuerzo vocal. Pensemos en Kraus o en Montserrat Caballé, escuchándolos entenderemos esa “difícil facilidad” a la que me refiero. Eso es lo que quiero que quede en mis alumnos. No les consiento que aprieten, que esfuercen, que hagan gestos feos... Cantar con la mayor naturalidad posible, como si estuvieran hablando...

Para mi la técnica italiana es la más adecuada: el trabajo de la respiración y el apoyo in maschera, que no todos los cantantes trabajan convenientemente. Así me enseñaron y así intento transmitirlo.

¿Qué le ha aportado el canto y la música a su personalidad?

Es un don que da Dios, como una elevación; quien está dentro de la música vive como en otro mundo, quizás irreal, pero siempre mejor que en el que vivimos. Me considerada distinta a la gente que me rodeaba por poseerlo.. Estoy cada vez más orgullosa de ser cantante. Cuando se es verdaderamente artista, se tiene buen corazón y espíritu. Yo, por lo menos, no he conocido gente vil dentro del mundo de la música.


Con estas palabras nos despedimos y dejamos trabajando a la mezzosoprano. Pienso que quizás hoy es un día ideal para recordar el “Canto alegre de la juventud”, juventud que es “alma del viejo Madrid” cuando sus referentes son personas tan entrañables, trabajadoras e íntegras como doña Inés Rivadeneira.

Agosto de 2005
© Enrique Mejías García & Raúl Asenjo 2006


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