Durante el presente mes de julio Madrid ha visto cómo sus dos principales escenarios zarzuelísticos han reservado la posición de honor de la temporada a uno de los compositores más populares del género: Francisco Alonso (1887-1948). Si el Teatro de la Zarzuela ha "recuperado" uno de los grandes títulos historicistas del granadino, La calesera (1925), en una impecable producción ruidosamente aplaudida, el Teatro Fernán Gómez ha acogido a la Compañía Lírica Dolores Marco con una algo desigual (aunque no menos celebrada por el respetable) antología en la que a lo largo de un relato biográfico se iban desgranando números de una nutrida lista de zarzuelas y revistas del autor de Las corsarias. La
calesera Esta puesta en escena es, sin duda, el más importante evento vivido en Jovellanos en la temporada que ahora concluye. A pesar de la relevancia de la relectura contemporánea de La Gran Vía, de la gracia y las positivas consecuencias del pedagógico abordaje de Música clásica, de la brillantez y emoción desplegados en ¡Una noche de zarzuela !, de la vigencia del repuesto Rey que rabió o de la justicia que supone el estreno póstumo de La Celestina, La calesera no sólo es el montaje más redondo del curso sino que además logra rehabilitar un título que, a pesar de llevar décadas instalado en el repertorio, tenía una espesa capa de polvo depositada sobre sí mismo. En coherencia con la línea iniciada por Emilio Sagi con su revolucionaria lectura de La parranda, pero con un estilo propio que se separa del del ovetense, este montaje dirigido por Carles Alfaro viene a confirmar que el "fenómeno Alonso" no es algo de otra época sino que tiene plena vigencia en nuestros días. Sólo es necesario acometer el montaje de sus zarzuelas y revistas con inteligencia y sobre todo con honestidad, sabiendo conceder a la música la centralidad que Alonso y sus colaboradores literarios tuvieron en todo momento in mente al escribir estas celebradas obras. Álvaro Albiach (nos resultó imposible escuchar a su compañero en el foso, Santiago Serrate) gozó en estas funciones de un protagonismo tan necesario como discreto, dirigiendo con inspiración y elegancia a cantantes, coro, rondalla y orquesta, pero permitiendo, sobre todo, que el papel dramático de la música de Alonso tuviera repercusión sobre las tablas.
Ferrán Catalá y el propio Alfaro renuncian como adaptadores del texto a emplear la tijera -herramienta tan frecuente en estos tiempos- dejando prácticamente inalterado el libro de González del Castillo y Martínez Román, hábilmente construido a pesar de sus desequilibrios; prueba de ello es que los largos parlamentos de algunas escenas no han resultado en ningún caso fatigosos. Cuéntase además con el apoyo de un poderoso concepto visual con una espectacular escenografía realista (solamente alterada en momentos de relevancia dramatúrgica por elementos de distorsión de cariz expresionista), con un delicioso vestuario no menos fiel a la época y unas funcionales iluminación y coreografía firmados por un competente equipo artístico integrado por Paco Azorín, María Araujo, Pedro Yagüe y Fuensanta Morales.
Este montaje viene a confirmarnos lo que los recientes abordajes de obras de Alonso como el ya aludido de La parranda para el Teatro de la Zarzuela o el de Las Leandras de 2005 de Verdi Concerts e incluso el ya más lejano de Me llaman la presumida (en 1996 para el Teatro de Madrid) nos venían anticipando: la verdadera vigencia de un autor que adquirió un oficio incontestable para construir zarzuelas y revistas plenas de teatralidad y rebosantes de buena música, por momentos apasionada, heroica, garbosa o cómica pero casi indefectiblemente inspirada. Tan sólo se trata de prestar un poco de cuidado y de amor en su puesta en escena, el propio maestro Alonso pone el resto... © Ignacio Jassa Haro 2009 Zarzuelas y
revistas Las comparaciones resultan odiosas pero a veces son inevitables. Y para el caso del espectáculo Zarzuelas y revistas. La mejor música del maestro Alonso que aquí reseñamos nos confesamos incapaces de obviar tanto la producción de La calesera (exhibida simultáneamente en el no muy distante Teatro de la Zarzuela) como el montaje El gran género chico dedicado a Federico Chueca (visto también en el Fernán Gómez hace justo un año a cargo de la misma compañía que ahora presenta este espectáculo). La Compañía Lírica Dolores Marco nos sorprendió entonces con un delicioso recorrido por algunas de las más inspiradas páginas músico-teatrales del centenario Chueca, hilvanando con gracia un montaje que se apoyaba en algunas anécdotas de la deliciosa biografía del madrileño universal. Pero si el concepto de espectáculo trazado por Ángel Fernández Montesinos se mostró eficaz para el caso del autor de La Gran Vía, su trasplante sin ningún cambio o ajuste al presente espectáculo no ha obtenido los mismos resultados.
Pero lo que creemos que acabó matando al montaje es el calco del concepto dramatúrgico de esta antología biográfica, a partir del empleado en la dedicada a Chueca. El discurso cronológico que en Chueca se agradecía ha resultado aquí muy aburrido y lento; además el "guión" se ha dedicado a explotar el tópico, careciendo de cualquier rasgo de originalidad o de frescura; asimismo en muchas ocasiones se ha desaprovechado el potencial teatral de los fragmentos líricos seleccionados. La propia selección de números (algo que, por descontado, siempre resulta discutible y donde hay que reconocer que sí que se ha hecho un esfuerzo por rescatar algunas rarezas) ha tendido a lo conservador. ¿Tiene sentido, por ejemplo, sacar a escena la evocación a Apolo de Las Leandras que parece llorar a nuestro compositor cuando en realidad en su origen era una referencia metateatral ante el reciente derribo de "la catedral del género chico" y no resaltar, sin embargo, los rasgos novedosos de esta revista estrenada en el Pavón en 1931? Un mérito del director escénico que no podemos silenciar es el trabajo actoral desarrollado número a número, especialmente conseguido en los de cariz más revisteril.
El aspecto que a nuestro parecer hace más atractivo este espectáculo es el buen hacer de los intérpretes, que desde la maestra Font Marco hasta el apuntador han trabajado afanosamente para contrarrestar las carencias estructurales ya señaladas. Destacamos las lucidas intervenciones de Hevila Cardeña, Marco Moncloa, Lorenzo Moncloa y Antonio Torres en las más exigentes romanzas de zarzuela, o las de Amelia Font, José Luis Mosquera y Carlos Crooke en los momentos más ligeros, sin olvidar que todos los cantantes del reparto se aplicaron con ganas cuando tuvieron que integrarse en el coro y en el cuerpo de baile de este democrático espectáculo. Lamentamos que no se haya querido sacar adelante un proyecto, a priori tan atractivo como éste, con un poco más de ambición (presupuestaria desde luego, pero también artística); se habría hecho así plena justicia al talento del garboso compositor granadino. © Ignacio Jassa Haro 2009 La calesera, zarzuela
en tres actos. Libro: Emilio González del Castillo y Luis
Martínez Román; Música: Francisco Alonso. Madrid, Teatro
de la Zarzuela Zarzuelas y revistas. La
mejor música del Maestro Alonso ("Maitechu mía", Coplas
de ronda, Rosa la pantalonera, La linda tapada, Me llaman
la presumida, Las Leandras, La picarona, Mujeres de
fuego, Las de Villadiego, Róbame esta noche, Tres
días para quererte, Las Corsarias, Las castigadoras,
Doña Mariquita de mi corazón, 24 horas mintiendo,
Luna de miel en El Cairo, La calesera, "La cautiva", La
castañuela, La parranda) Madrid, Teatro Fernán
Gómez, Sala Guirau
6/VIII/2009 |