|
XIV Temporada del Centro Lírico del
Sur El Teatro Villamarta desde su reapertura hace casi tres lustros como teatro público de titularidad municipal ha convertido a Jerez de la Frontera en el verdadero Centro Lírico del Sur. En sus variadas temporadas tiene cabida con notable énfasis el teatro lírico español, con especial atención a la zarzuela. De los ochenta títulos líricos vistos sobre sus tablas durante dicho período, treinta y cinco han sido hispanos (y de ellos tan sólo tres no han sido zarzuelas). El Villamarta es uno de los escasos teatros líricos de todo el Estado (al margen de la Zarzuela de Madrid y el Campoamor de Oviedo, bastiones del género, y de algún otro ejemplo muy contado como el Arriaga bilbaíno) donde la zarzuela mira de tú a tú sin ningún tipo de complejo a la ópera en su programación. Además, las producciones propias del Villamarta son parte sustancial de su temporada lírica, dando personalidad propia a lo visto sobre sus tablas. Así, circunscribiéndonos al ámbito de la zarzuela, aquí se han estrenado en solitario o en coproducción con otros teatros españoles montajes de Los amantes de Teruel (1997), Maruxa (1999), El asombro de Damasco (2000), La leyenda del beso (2003), Doña Francisquita (2006), El huésped del Sevillano (2007) o, por supuesto, la obra que ahora nos congrega, La canción del olvido, vista en esta misma producción en octubre de 2001.
El montaje ahora recuperado no es, sin embargo, una mera reposición. Detrás de él se adivina una conciezuda disciplina de ensayos, lo mismo musicales que coreográficos o teatrales, que ha conducido a una innegable excelencia interpretativa. Pero además Francisco López ha revisado su trabajo como regista haciendo cambios en aspectos parciales a fin de potenciar el planteamiento del montaje como un musical. Así, se ha revisado el ritmo teatral del espectáculo, se han incorporado nuevas coreografías (firmadas por Alessandra Panzavolta), se ha modificado la iluminación y se han añadido proyecciones. La adaptación del texto, la dramaturgia y la dirección artística (a excepción de los aspectos comentados) son fieles al montaje estrenado en el Teatro Gayarre de Pamplona en febrero de 2001. Tenemos en escena un "musical" en dos actos a partir de una comedia lírica en uno sólo, y eso ha exigido un engrosamiento de la partitura, aunque apenas se haya alterado el libro (sólo se han retocado frases con las que reambientar cronológicamente y se han añadido breves diálogos antecediendo a los números extra). La ampliación musical se ha realizado a base de dos obras que tienen nula coherencia estética con la muy acabada partitura de Serrano. De El príncipe Carnaval (de 1914 y firmada por el propio Serrano en colaboración con Quinito Valverde) se han tomado cuatro números muy hetorogéneos con los que presentar a la "alegre" Flora Goldoni, realizar transiciones entre cuadros o dar mayor contenido musical al último cuadro. El más jugoso extra ha sido el vals "titular" de la opereta Die Dollarprinzessin (1907) de Leo Fall. La pertinencia de estos añadidos hay que entenderla en el contexto del planteamiento hipertrofiador y filo-operetístico hecho por Francisco López, con el que sentimos discrepar radicalmente. Resulta cuestionable ampliar a dos actos lo que en uno
único
Pero hemos de seguir más alla, para negar categóricamente que La canción del olvido sea una opereta frívola; se podrá tratar de una obra desenfadada, lo que es muy diferente, pero en cualquier caso nos encontramos ante una pieza seria. La coherencia de la música de Serrano y del libro de Romero y Fernández-Shaw así lo demuestran. Recurrir a los añadidos musicales mencionados para potenciar ese lado insustancial o un supuesto sabor años 20 es un despropósito porque esas músicas no se escribieron entonces y sobre todo porque no eran frívolas en el contexto en el que se estrenaron; creemos que su empleo descontextualizado es una falta de respeto a la labor creadora de unos autores como Serrano o Fall que a pesar de tener unas carreras de innegable proyección comercial siempre se dejaron guiar por una indudable coherencia estética. Una vez dicho esto (que al afectar al concepto de espectáculo condiciona nuestra percepción global del mismo produciéndonos una decepcionante sensación de ver cómo se han hecho las cosas con esmero pero en la dirección equivocada) pasaremos a desgranar esa cualidad artesana cuando no ese verdadero talento artístico desplegado por los intérpretes en escena o desde el foso. Y el primer participante merecedor de nuestro aplauso es el director musical Juan Luis Pérez que ha logrado conseguir de la Orquesta Manuel de Falla un nivel de competencia más que aceptable, tan sólo ensombrecido por algún pasaje solístico donde la cuerda ha sonado poco empastada. Pérez ha sabido coger el pulso a la partitura original, y a través de su experta batuta hemos logrado seguir con verdadero interés la historia de amor de Rosina y Leonello tan comprometida por los perturbadores añadidos. El Coro del Teatro Villamarta ha tenido el relieve que la partitura le otorga; tan sólo ha perdido protagonismo en la celebérrima serenata del "Soldado de Nápoles", donde la coreografía y el propio planteamiento dramatúrgico (no se entiende bien que el hecho de que Flora no salga a escuchar a los soldados se deba a que está ocupada con el príncipe) quitan brillantez al número que llegó a dar nombre a la epidemia de gripe de 1918. En cuanto al cuerpo de baile, su presencia dota de realce visual a la puesta en escena, aunque casi siempre en la línea del espectáculo por el espectáculo, a excepción de la pantomima del cuadro tercero, inteligentemente planteada como una ensoñación de Rosina antes de la llegada de Leonello a sus habitaciones palaciegas.
Los dos principales roles únicamente hablados de la zarzuela, el de la cortesana Flora Goldoni y el del serenatero Toribio Clarinetti, pasan a tener contenido canoro en esta adaptación. Por ello para encarnar a la primera se ha contado con la presencia de la notable mezzosoprano Marina Pardo, estupenda en su cometido actoral y llena de garra en sus dos números de lucimiento, la canción del opio y la canción española de El príncipe Carnaval mientras que para el segundo se traido a una estrella de éxito seguro cual es el idolatrado Luis Varela, que ha visto perjudicado su lucimiento como consecuencia de la sofisticación del espectáculo. Varela ha logrado no obstante arrancar el aplauso sincero de un público entregado a su arte. El tenor José Canales, encarnando el diluido papel del Sargento Lombardi al que se le han sumado los cometidos de la voz interna que canta la serenata "Hermosa napolitana" y el papel solista en el vals de La princesa del dollar, no puede dotar a su más que correcta aportación de ese plus que una caracterización siempre permite otorgar. Dejamos para el final la dirección artística: Los preciosos figurines de Jesús Ruiz de delicado cromatismo tan bien empastados con la elegante escenografía también firmada por él y la mágica iluminación de López dan un inusitado empaque al espectáculo. El movimiento escénico de los solistas, el coro, el cuerpo de baile o los extras también hablan de la categoría del montaje. Se trata de una producción de enorme entidad a la que, lo reiteramos una vez más, tan sólo quita puntos el erróneo concepto de espectáculo al que da servicio. No podemos dejar de mencionar antes de terminar esta crítica dos detalles que avalan el sentido de teatro público del Villamarta: la valiosa edición del libro publicada con motivo de las representaciones (que incluye entre otros contenidos el texto íntegro de la zarzuela en la versión de Francisco López y un esclarecedor y prolijo ensayo sobre la obra firmado por Carlos Tarín) y la conferencia impartida por Andrés Ruiz Tarazona la semana anterior al estreno, iniciativas ambas con las que el público más inquieto tiene una estupenda vía de profundización sobre aquello que va a ver y a oir sobre el escenario. En momentos como los actuales en que es tan fácil aplicar la máxima del "recorta y vencerás", esta institución se deja guiar por un raro sentido de servicio a la comunidad que despierta nuestra admiración y nuestro aplauso. © Ignacio Jassa Haro 2010
14/VI/2010 |
||||