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En tórridas fechas y luchando contra la final de la Eurocopa ha llegado la más tórrida de las “operetas bíblicas” a la capital del Turia. La corte de Faraón es, después de La bruja de Emilio Sagi en la temporada pasada, el segundo título zarzuelísitico que sube a las tablas del flamante Palau de les Arts en lo que parece que será una política de una zarzuela por año tras el anuncio de la temporada próxima con un nuevo Chapí escenificado, El rey que rabió en el montaje del Teatro de la Zarzuela dirigido por Luis Olmos. Lamentamos en cualquier caso el localismo de los programadores del coliseo al limitar su radio de elección a autores del País Valencià. Pero quizás lo más lamentable es que si se opta por esta premisa, ¿por qué volver a empeñarse en los títulos de siempre? ¿No hay Lleó más allá de La corte de Faraón? ¿No hubiera sido el momento idóneo para un programa doble formado por la Corte y, por ejemplo, El método Gorritz o Los hombre alegres? Y hablando de Chapí, ¿no se merece una producción propia o una colaboración con otra sede, incluso con la propia Zarzuela, de un título menos trillado? Como siempre el quid está en las ganas de innovar y de echarle imaginación, ¿algún programador sabe lo que es “eso”…? Hablando de esta Corte de faraón, integrada dentro del I Festival del Mediterrani, diremos que su director de escena, Francisco Negrín, la ha planteado, según palabras propias, como “una revista actual”: “He querido darle un sentido a estas escenas de cabaré, opereta y revista (…) desvelar lo que no se podía decir tan fácilmente en su día y encontrar un entorno nuevo en el cual cada uno de los momentos de la partitura quede justificado estilística y dramáticamente”. Este pretendido derroche de “humor terapéutico”, sin embargo, ha desembocado -en opinión del que les escribe- en una cabalgata de mal gusto y estupidismo teatral. Cuando los libretistas Perrín y Palacios idearon su delirante visión de la Historia Sagrada jugaron las bazas del género ínfimo tamizado por los mimbres de la opereta elegante. El sugerir y no decir, la intuición de lo que no se deja ver es precisamente la chispa de obras como La corte de Faraón que nunca acaban de funcionar en montajes arrevistados. Una obra ínfima que no funciona bajo las grandiosas chabacanadas escritas por el respetado director de escena Francisco Negrín a quien sin embargo no le negaremos un muy buen hacer en el aprovechamiento y adaptación de un espacio como la sala sinfónica del Palau para acoger una propuesta escénica de magnitudes “faraónicas”.
Tres entregadísimas viudas de Tebas fueron Pilar Vázquez, Begoña Alberdi y Eugenia Bethencourt, con número de boys incluido. José Miguel Sola demostró de nuevo su profesionalidad como Gran Sacerdote y Marco Moncloa fue un Faraón a quien la pluma le quedaba grande a pesar del garrotín. El actor Stéphane Facco fue el susodicho Napoleón que al final del espectáculo, como indica la moralina dictada por su guía de la campaña por Egipto lberto Mateo, “encuentra su propia canción”. Bueno… pues sí… pero no. Para alguien que se liberó sexualmente hace ya unos cuantos añitos esta producción morcillera y grosera de La corte de Faraón le ha parecido en exceso tontorrona y que por muy buen humor con que uno se la quiera tomar nunca se la podrá tomar muy en serio. P.D.: La super star de Babilonia Rossy de Palma bien, gracias. © Enrique Mejías García 2008
18/VII/2008 |