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El gitano por amor Estos días el público de Madrid está siendo testigo de una curiosa paradoja: una ópera íntegramente cantada se representa en el Teatro de la Zarzuela (El gitano por amor), mientras que en el Teatro Real aplaudimos lo que no sería del todo impropio llamar como una ‘zarzuela checa’ (La novia vendida). La observación –que ayer me lanzaba con humor Christopher Webber– tiene algo más que de anécdota: cuestiona de forma bastante elocuente la (in)solidez de nuestras categorías o etiquetas. ¿Qué es ópera? ¿Qué es zarzuela…? Porque si algo quedó claro mientras bajaba el telón en el teatro de la calle Jovellanos, es que El gitano por amor no era otra ‘ópera nacional’ forzadamente recuperada en el escenario que no le corresponde. Es mi opinión: esta ópera en castellano de Manuel García se revela como mucho más que una rareza recuperada y nos obliga a replantear el lugar de este compositor en la historia de teatro lírico hispano.
Basada en la novela La gitanilla (1613) de Cervantes, la obra adopta el molde clásico de opera buffa en dos actos. Pero lo verdaderamente interesante es lo que García vierte en él: una escritura de notable personalidad en la que confluyen tradición italiana, sustrato español y una imaginación armónica y tímbrica que, por momentos, sorprende por su audacia. Uno de los aspectos más llamativos de la partitura es su relativa distancia respecto al modelo rossiniano. Más allá de algunos momentos puntuales –sin duda deliciosos– la escritura remite con frecuencia a un horizonte anterior, más cercano a Mayr o incluso Mozart, tanto en la claridad formal como en el cuidado del detalle instrumental. La instrumentación, equilibrada y expresiva, y el tratamiento armónico, con giros modulantes de notable interés, sostienen un discurso siempre orientado a la eficacia teatral.
El sencillo libreto –con toda probabilidad escrito por el propio García–, responde plenamente a los mecanismos de la comedia de enredo bufo. Pero lejos de ser una limitación, esa simplicidad favorece una teatralidad directa y eficaz. En este sentido, no puedo dejar de preguntarme por la idoneidad de unos recitativos secos que tan impostados nos siguen resonando en estas latitudes cuando se canta en castellano. Entre los momentos más logrados de la partitura destaca el aria final de reconocimiento, en la que la protagonista revela su verdadera identidad y se reconcilia con su padre. Más allá de su eficacia dramática, la música alcanza aquí una intensidad expresiva poco habitual, que parece trascender los códigos de la comedia para adentrarse en un territorio íntimo y conmovedor. Tampoco me resisto a recordar la sinfonía con el tema del fandango en su introducción (digna de formar parte del repertorio de concierto), la popularísima escena de la boda gitana en el gran final del primer acto o el soberbio pezzo concertato de la lectura de la buenaventura en el segundo. Francamente, cuesta creer que este maestro García brioso y populista, con ganas de sorprender al espectador constantemente, sea el mismo compositor de otras páginas mucho más pálidas conocidas años atrás.
En lo musical, el resultado fue irregular. El compromiso del elenco resultó evidente, con Sabina Puértolas, Javier Povedano y Juan Antonio Sanabria defendiendo sus exigentísimas partes, pero la dirección musical de Carlos Aragón no siempre logró extraer el refinamiento y la riqueza de matices que esta música requiere para desplegar todo su potencial. Con todo, la impresión global fue más que positiva. Más allá de las circunstancias de esta producción, El gitano por amor se presenta en 2026 como una obra que merece ser escuchada, repensada escénicamente y, sobre todo, creída en condiciones que permitan valorar plenamente su alcance. La figura de Manuel García empieza así a perfilarse no como una excepción aislada, sino como parte de una continuidad entre el mundo de Rodríguez de Hita y el de Barbieri que aún estamos aprendiendo a escuchar. © Enrique Mejías García y zarzuela.net, 2026
24/IV/2026 |