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Jugar con fuego El qué y el cómo Hacía más de un cuarto de siglo –se dice pronto– que Jugar con fuego no se representaba en el Teatro de la Zarzuela. Sin duda alguna, se trataba de uno de los ‘platos fuertes’ de la temporada, aunque esta vez nos hayamos quedado con bastante hambre. En las últimas semanas, su directora de escena, Marina Bollaín, ha ofrecido diversas entrevistas en las que reflexiona sobre la ‘vigencia’ de lo que nos cuenta Jugar con fuego. Para ella, parece claro, el qué es mucho más importante que el cómo, lo que la ha llevado a sustituir completamente el texto original de Ventura de la Vega por otro de creación propia, ambientado en un estadio de fútbol de 2026.
El resultado, por desgracia, se revela superficial desde el punto de vista dramático. La Duquesa queda reducida a una figura caprichosa y voluble, muy lejos de la complejidad del original, donde su condición de viuda –y, por tanto, de mujer rica y socialmente autónoma– resulta esencial para entender el alcance de su juego con el Marqués de Caravaca, con su padre y con Félix. Tampoco ayuda la eliminación de la filiación nobiliaria de Félix y Antonio, que en el libreto de Ventura de la Vega permite comprender su posición ambigua dentro del sistema social y, en consecuencia, el interés del Marqués por favorecer su ascenso. Aquí, desprovistos de ese contexto, sus acciones pierden sentido y el entramado dramático se diluye en una suerte de sitcom cursi de sobremesa.
La corte no es solo un espacio de poder: es un entramado de códigos, de distancias y de convenciones que hacen posible precisamente ese juego de equívocos. El estadio, en cambio, funciona de otra manera: todo se expone, todo se reconoce al instante, sin filtros ni mediaciones. Y ahí es donde la propuesta empieza a hacer agua. Porque no se trata solo de trasladar la acción de un sitio a otro, sino de entender qué tipo de relaciones permite cada espacio. Aquí no hay traducción posible: lo que hay, directamente, es sustitución. Allí donde Ventura de la Vega construye una dramaturgia basada en lo implícito, en el equívoco y en la inteligencia del espectador, la escena contemporánea opta por la explicitud, la identificación directa y la reducción de los conflictos a esquemas reconocibles. Se llega a suprimir toda idea de manicomio o de los ‘locos’ en el tercer acto (convertidos aquí en siniestros hooligans), uno de los hallazgos más singulares del original; así que el resultado no es una actualización, sino un empobrecimiento de las capas de lectura que hacen de Jugar con fuego algo más que una simple intriga amorosa.
Barbieri insumergible Afortunadamente, no todo se hunde en esta lectura en clave de sainete de una de las zarzuelas más sofisticadas del repertorio romántico. Porque si algo demuestra esta nueva Jugar con fuego es que la música de Barbieri posee una resistencia poco común frente a cualquier intento de simplificación escénica. La concertación de los conjuntos –tan característica, tan original en su construcción dramática– funcionó de manera admirable gracias a la batuta de Álvaro Albiach, con un pulso teatral que parecía discurrir, en no pocos momentos, al margen de lo que sucedía en escena. Allí donde la propuesta escénica opta por la literalidad, la partitura sigue desplegando ese juego de tensiones, equívocos y superposiciones que constituye uno de los grandes hallazgos de la obra, sobre todo durante el sensacional segundo acto.
Más allá de nombres concretos, lo verdaderamente llamativo es comprobar hasta qué punto la música de Barbieri sigue sosteniendo –y sosteniendo bien– aquello que la escena, sencillamente, no alcanza a construir. Porque en Jugar con fuego el conflicto no se agota en la anécdota, sino que se eleva a través del lenguaje musical y verbal a una dimensión mucho más compleja: donde la afirmación del deseo acaba adquiriendo un peso que va mucho más allá de la pura anécdota. Y así, se diría que esta música –milagrosa, si pensamos que Barbieri apenas había cumplido los treinta años cuando la compuso– termina por emanciparse de la escena pergeñada por Bollaín, como si reclamara su propia lógica frente a un dispositivo que la constriñe. No es difícil imaginarla pronunciando, con la misma rotundidad que la Duquesa de Medina en el original de Ventura de la Vega, aquellas palabras que aquí han quedado borradas, sin cuerpo escénico: ‘Sois mi padre, Así pues, salí del Teatro de la Zarzuela feliz por haber escuchado de nuevo una partitura soberbia, pero triste por constatar que, cuando el qué se impone al cómo, lo que se pierde no es solo el estilo, sino el propio sentido de la obra. No siempre basta con invocar una supuesta modernidad para estar a la altura de una obra y desde luego que no sirve de nada deconstruir si en su lugar lo que construyes es, sencillamente, un buñuelo de aire.
Un juego caro Antes de volverme al Palacio Ducal de Venecia, conviene abrir un último frente que no es menor: el económico. Porque, más allá de las legítimas diferencias estéticas, cabe preguntarse también qué tipo de propuestas se están financiando con dinero público. Sobre todo en un contexto de recortes y lamentos –en Madrid como en tantas otras plazas, ya sea Londres o Viena–, donde cada inversión cultural debería invitar, al menos, a una reflexión sobre su sentido y su alcance. © Miccone y zarzuela.net, 2026
30/III/2026 |