María Rodríguez en La leyenda del beso (Teatro de la Zarzuela Madrid 2008, © Jesús Alcantara)

La leyenda del beso

Música: Reveriano Soutullo y Juan Vert
Libro: Enrique Reoyo, José Silva Aramburu y Antonio Paso (hijo)

Madrid, Teatro de la Zarzuela
10 de Mayo de 2008


una crítica de  Ignacio Jassa Haro


La más célebre zarzuela del “maestro” Soutullo y Vert –como llegó a ser conocido este simbiótico tándem de compositores– es una de las obras líricas hispanas de mayor proyección pública. Si desde su “apolíneo” estreno en 1924 todavía hoy perdura en el repertorio, esto es debido a sus propios méritos, como la enorme intensidad emocional de su partitura, la riqueza de su inventiva melódica o el adecuado contraste entre la gracia de sus ritmos cómico-bailables y el sentimiento de sus pasajes de corte más romántico, atractivos todos que hacen del disfrute de su música un gozo poco común.

El libro algo convencional pero pleno de buenas situaciones teatrales que escribieran Reoyo, Aramburu y Paso puede tornarse, por su parte, en objeto de interés si saben descifrarse sus claves estéticas y éticas, algo que Jesús Castejón ha demostrado conseguir en la puesta en escena que firma para el Teatro de la Zarzuela. El director opta por dejar que el libro cargue con el peso del montaje (aunque, eso sí, no duda en adaptar sus diálogos en prosa para dotarlos de mayor fluidez.) Esa actitud, que a más de uno le podría parecer arriesgada y por ende muy valiente, no lo es tanto si se tiene en cuenta la fuerza expresiva y la actualidad de esa historia de niñatos en busca de excitantes experiencias nuevas que La leyenda del beso, a la postre, nos cuenta. El desenfreno erótico y la ebriedad permanentes en los que vive esta pandilla de “hijos de papá” durante el fin de semana que pasan en la casa de campo de uno ellos encuentra su justa resonancia en el alto voltaje de las páginas musicales de Soutullo y Vert.

El expansivo y vividor Gorón de Rafa Castejón se torna en piedra angular del montaje; el benjamín de la gran saga escénica homenajeada en esta producción –con el padre, la madre y los tres hijos implicados en la misma– luce sus virtudes como excelente caricato en sus partes habladas y en sus parcialmente recortados cometidos canoros. No puede darle adecuado contrapunto la Simeona de Ainhoa Aldanondo ya que se ha eliminado el gozoso dúo “de la pajita” del primer acto que tendría que haber interpretado con Castejón. Además de este escandaloso corte (que encima alarga en demasía la escena en la que debería hacerse,) la adaptación musical urdida por Eva Gancedo opta por abreviar el friso musical con que se abre el segundo acto, otro desacierto. Sin embargo debe ser reseñado el rescate de otras secciones (e incluso de un número completo, el de la lectura de la mano) tradicionalmente mutilados en los registros fonográficos de este título pero incluidos en la edición crítica de Xavier de Paz aquí empleada.

Por lo que hace al triángulo protagonista de la subtrama argumental amorosa, la noche por nosotros presenciada gozamos de la intensa expresividad del canto de Amparo Navarro –merecedor del mayor aplauso del público– que además nos regaló una impecable dicción; cierta rigidez surgía, no obstante, de su boca cuando el canto daba paso a la palabra declamada, si bien la marginalidad de su personaje en relación a la trama principal (la de la orgía juvenil) hizo menos evidente esta carencia. Juan Jesús Rodríguez acusó mucho más, por ese mismo motivo, la falta de tablas escénicas al situarse su rol en el centro de la historia; su canto elegante, que fue con toda justicia ovacionado con calor, resultó a pesar de todo poco vehemente. Aquiles Machado construyó un Iván de enorme verosimilitud; quien tuvo retuvo, y eso se pudo apreciar en una cualidad del fraseo poco frecuente entre los cantantes de zarzuela actuales; otro tema es el estado de su instrumento, que mantuvo en todo momento al aún joven venezolano al límite de sus posibilidades vocales.

Aunque la Orquesta de la Comunidad de Madrid intentó hacer de las suyas en algunos momentos con más volumen del deseable y menos matices de los apetecidos Miquel Ortega se mostró suficientemente hábil para vencer esos males casi crónicos del conjunto titular de la casa. El bello ballet de Nuria Castejón que acompañó al intermedio entre los dos cuadros del acto segundo consiguió dotar de expresividad a la historia amorosa a través de una pantomima que resumía su acción. A pesar de sus limitaciones (un presupuesto considerablemente menor al del montaje anteriormente producido, unos figurines y una escenografía bastante anodinos o las carencias interpretativas aludidas) triunfó la magia del teatro, y gracias a ella esta leyenda octogenaria continuará teniendo vigencia.

© Ignacio Jassa Haro 2008


Reparto: Amapola - Amparo Navarro; Mario - Juan Jesús Rodríguez; Iván - Aquiles Machado; Simeona - Ainhoa Aldanondo; Gorón - Rafa Castejón; Ulita - Pepa Rosado; Charito - Irene Santamaría; Margot - Marina Claudio; Ketty - Esther Ruiz; Ernesto - Borja Elgea; Alfonso - Albert López- Murtra; Coral - Raquel Esteve; Gurko - Fernando Coronado; Alesko - Rafael Castejón; Estrella - Amara Carmona; Cristóbal - Pedro Bachura; Señor Juan y Guardia Civil 1.º - Tomás Sáez; Luis y Guardia Civil 2.º - Tony Cruz; Un mayordomo - Pedro Jerez; Un gitano - Luis E. González; Un camarero - David Martín; Una gitana - Ana Berrocal; Bailarina solista - Cristina Arias; Músicos en escena - Carlos Blázquez (clarinete), Pavel Sakuta (guitarra) y Alfredo Valero (acordeón); Dirección de escena - Jesús Castejón; Escenografía y Figurines - Ana Garay; Iluminación - Eduardo Bravo ( A.A.I.); Coreografía - Nuria Castejón; Orquesta de la Comunidad de Madrid; Coro del Teatro de la Zarzuela (director, Antonio Fauró); Dirección musical - Miquel Ortega

Edición crítica a cargo de Xavier de Paz (Ediciones Iberautor, Promociones Culturales SRL/Instituto Complutense de Ciencias Musicales, 2006); Adaptación Musical - Eva Gancedo


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portada de zarzuela.net

12/VI/2008