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Isaac Albéniz · Arthur Law Cuando uno termina de escuchar The Magic Opal (1893) de Isaac Albéniz mecánicamente necesita detectar influencias, percibir los modelos que la justifiquen. Pero ¡vana labor! Sí, es cierto que se podría mirar hacia atrás y asumir lo que de sullivaniano tiene el uso del coro, la canción de parloteo del caricato, la canción gótica del barítono o el vals de la protagonista. Sin embargo, uno se siente pasmado cuando empieza a adivinar, ¡diez años antes!, tics netamente eduardianos que nos hacen pensar en la melancolía edulcorada de Monckton (precisamente en algunas líneas del vals o el cuarteto cómico), el lirismo contenido de German (los dúos de amor o los compactos finales) o, cómo no, la ligereza exultante de Jones ("When I was a baby" y la marcha de Lolika en el segundo acto). Pero dejemos de lado las puerilidades: The Magic Opal es, ante todo, una ópera cómica inglesa en la encrucijada de caminos de los años noventa del XIX; una obra que viene a escribir un capítulo en la historia del teatro musical inglés y que suena -no tenemos ninguna duda- netamente británica. La pulida y sonora instrumentación puede remitirnos a modelos autóctonos como Bretón o incluso Giménez. Es posible que haya quien quiera insistir en lo que de "hispano" tiene su música por el recurrente uso de tópicos alhambristas que no son más que la cosmética con que se engalanaba musicalmente lo "mediterráneo". Esta ópera inglesa que sucede en Grecia y que se pinta de mora funcionó en su día en el Reino Unido y si no pudo hacerlo en Madrid en 1894 quizás fue debido, como sostiene Walter Aaron Clark, a la poca familiaridad que tenía el público madrileño por entonces con las "maneras de hacer" de la opereta inglesa. Junto a Pepita Jiménez estamos ante el mejor Albéniz lírico, más eficaz escénicamente que cualquiera de sus operones Merlin o Henry Clifford, o que la desvaída zarzuela chica San Antonio de la Florida. Su inverosímil libreto de magia no es un impedimento para plantear su recuperación escénica, quién sabe si de nuevo en el West End o en la calle Jovellanos en su versión castellana. Quizás sea el momento de resarcirnos del sonoro "¡Bárbaros!" que el de Camprodón gritó a nuestros tatarabuelos que, por entonces, estaban más por las chocarrerías de los sainetes líricos o las melifluidades de Lecocq. Tampoco sería descabellado plantear su grabación comercial considerando la edición crítica que ha realizado Borja Mariño con toda la serie de números añadidos y de reforma que Albéniz compuso para el segundo estreno londinense como The Magic Ring (también de 1893).
El Coro Talía llamó la atención por su ingente formación, tal vez excesiva para una obra de esta naturaleza. Sonó afinado y ciertamente implicado en sus "fa-la-las", "ring-a-rings" y onomatopeyas, como el divertido y repetido "Hush!" en la tétrica "Legend of the Monastery". La Orquesta Sinfónica Chamartín, dirigida por Silvia Sanz Torre, no estuvo a la misma altura que el resto de implicados, con notabilísimas desafinaciones en los vientos, empastes poco logrados y sin aportar mucha chispa a momentos en los que se requería. © Enrique Mejías García 2010
1/III/2010 |