Dos espectáculos zarzuelísticos de muy diferente índole han coincidido en la cartelera madrileña durante estas navidades. En el Teatro de la Zarzuela hemos podido disfrutar por cuarta ocasión de los incombustibles Sobrinos del capitán Grant, cada año con mayor capacidad de convocatoria del público infantil. El Centro Cutural Nicolás Salmerón lugar provisional de traslado de las actividades del Auditorio Conde Duque mientras se acomete su ampliación ha programado, por su parte, un programa doble conformado por dos zarzuelas breves de Joaquín Gaztambide, en un montaje firmado por Ópera Cómica de Madrid que puede competir en frescura con la producción de la magna obra de Fernández Caballero exhibida en el coliseo de la calle Jovellanos. Los sobrinos del
capitán Grant
Por consideración a nuestros lectores no nos dedicaremos a glosar los aciertos de Paco Mir en este cuarto envite con la zarzuela bufa de argumento verniano; les remitimos a las críticas del estreno y de las dos anteriores reposiciones firmadas por Andrew Lamb, Enrique Mejías García y quien esto suscribe (que se pueden leer pinchando en los vínculos copiados más abajo). Sólo dejaremos constancia de que la adaptación dramatúrgica no sólo no ha perdido frescura sino que con cada nueva reposición ha sabido incorporar guiños ocurrentes y nuevos gags que evitan la sensación de haber visto lo mismo cuarenta veces.
El largo número de funciones programadas este año ha hecho que se cuente con un doble reparto para las dos tiples. Mar Abascal como Soledad y Aurora Frías como Miss Ketty han sufrido, a pesar de su enorme profesionalidad, las consecuencias del encasillamiento antes aludidas. La segunda ha salido mejor parada del envite tanto en el coreográfico dúo de los amantes (indudablemente pensado para que la Martín luzca su habilidad para el mantoneo) como en la propia interpretación teatral (el acento inglés también ha contribuido a ello).
La excelencia interpretativa desarrollada por todos los implicados en este montaje nos obliga a reflexionar en voz alta sobre el modelo de temporada teatral de la principal institución zarzuelística del país y del planeta. Un teatro lírico con capacidad para exhibir un montaje durante más de ochenta noches en esas óptimas condiciones y sin caer jamás en la rutina, está preparado para convertirse en un programador de repertorio, tal y como hacen los teatros de ópera y opereta en los países de lengua alemana. ¿Por qué no apostar de una vez por todas por ese sistema y lograr que Madrid tenga zarzuela noche sí, noche también? El Teatro de la Zarzuela cuenta en su haber con medio centenar de títulos producidos desde que en 1997, tras la reapertura del Real, dedicara el grueso de sus esfuerzos al teatro lírico español. Sumar a su reposición sistemática nuevos estrenos no supondría un esfuerzo presupuestario mucho mayor al de la actual temporada y a cambio haría de esta institución el verdadero estandarte del género zarzuelístico que todos soñamos; la existencia de referenciales montajes como el firmado por Mir hace que muchos sintamos que ese sueño está algo más próximo a hacerse realidad. © Ignacio Jassa Haro 2010 Un tal Gaztambide:
El amor y el almuerzo / Un pleito Un exíguo presupuesto, un local desangelado y de acústica poco propicia para el canto lírico, la ausencia de una caja escénica, de un adecuado equipo de iluminación y aun de telón, la imposibilidad de contar con orquesta y un sinfín de limitaciones que nos resistimos a seguir enumerando podrían haber convertido esta crítica en un trámite con el que dejar mera constancia de la recuperación de dos Gaztambides en el olvido. Ópera Cómica de Madrid ha hecho de nuevo de tripas corazón y a pesar de la "adversidad" ha sacado adelante con talento un espectáculo con el que volver a demostrar la categoría artística del compositor de Tudela.
Otra cosa es Un pleito, obra con un texto muy bien escrito, original de Francisco Camprodón, en el que se alcanza un mesurado equilibrio entre los componentes sentimental y cómico. Se trata de un auténtico acto de ópera cómica española, con números complejos en los que se ahonda en la personalidad de los protagonistas de la trama o con los que se hace avanzar la acción. Además, la música tiene esa particular cualidad lírica de Gaztambide que hizo que, como muy certeramente nos recuerda Francisco Matilla en sus elocuentes notas al programa, el mismísimo Barbieri lo llamara "el mejor de nosotros", en alusión al resto de compositores de su generación.
Para montar estos dos tesoros Matilla ha optado por un exhaustivo trabajo actoral, de los de la vieja escuela, que se ha saldado con unos impecables resultados. Una funcional escenografía (meros lienzos revestidos con elementos de atrezzo), un vestuario preciosista y lo que ha dado de sí el pobre equipo de iluminación de esta sala han puesto un fondo casi neutro a estas dos piezas que desde el primer compás (y el primer verso) han conseguido enganchar al respetable. El sexteto con piano liderado por Fernando Poblete (con una composición algo diferente a la del habitual Ensamble de Madrid) se supo implicar en la acción admirablemente, hasta el punto de situarse en el propio escenario y servir de pretexto para algún juego escénico en él desarrollado. Refiriéndonos ya al reparto comenzaremos destacando sobremanera a Gerardo Bullón, intérprete de feliz vena cómica, tanto por su aportación al vodevil (donde encarna el rol principal de un auténtico carpanta, que estrenara en 1856 el gran Vicente Caltañazor) como en la operita de Camprodón (donde su hilarante criado asturiano tiene un menor cometido canoro). Supo decir sus partes cantadas con tal expresividad que sólo por esos resultados podemos dar por buena la iniciativa del "Taller de Zarzuela" de la que él ha salido. Carolina Moncada se encontró mucho más cómoda vocalmente como la Leonor de Un pleito, donde lució sus facultades y su delicadeza (no exenta del grado justo de picardía) en una cavatina, un dúo y un cuarteto; con eso no queremos quitarle méritos a su destacada intervención en la primera zarzuelita, para la cual tuvo que cambiar de registro actoral completamente, cual auténtica criada de Carabanchel.
La presencia de Luis Álvarez debe ser considerada como una colaboración especial con el "Taller de Zarzuela"; el gran maestro acometió dos personajes de igual nombre: Don Severo. En un caso se trata de un marido cuernudo que a su vez pone los cuernos a su esposa mientras que en el otro es un abogado filántropo sin hijos que decide prohijar a su sobrino también letrado. Su actuación desenvuelta pero comedida sirvió de espejo al resto de sus compañeros de reparto; sólo le reprocharemos el inseguro acento sevillano en Un pleito (¡y que conste que Luis Alonso sabe de acentos del sur...!) El tenor Alejandro González lidió con el rol de más dificultad (a la par que lucimiento vocal) de Un pleito, cantando con gusto su canción, muy ovacionada, y el resto de sus partes. Por último Laura Fernández tuvo a su cargo dos papeles secundarios vocalmente pero de cierta relevancia dramática, que supo afrontar con discreción. Nuevo éxito de un montaje que tiene que trascender el ámbito de un mero centro cultural de barrio y moverse por otros circuitos. Y sin que se entienda como un desdoro para los miembros del conjunto instrumental sólo pediría que se intentara montar con orquesta pues la música de Gaztambide se lo merece. ¡Feliz año 2010 a todos! © Ignacio Jassa Haro 2010 Los sobrinos
del capitán Grant, novela
cómico-lírico-dramática en cuatro actos y dieciséis
cuadros (versión teatral en tres actos y en dos partes de Paco Mir).
Libro: Miguel Ramos Carrión. Música: Manuel Fernández
Caballero. Un tal Gaztambide.
El amor y el almuerzo, farsa en un acto arreglada del francés
por Luis de Olona con música de Joaquín Gaztambide / Un
pleito, zarzuela en un acto de Francisco Camprodón con música
de Joaquín Gaztambide
10/I/2010 |