|
El Orgullo de quererte Acudir a una ‘zarzuela contemporánea’ siempre me produce cierta desconfianza. La experiencia de los últimos años, sobre todo en el Teatro de la Zarzuela, ha estado marcada por obras fruto de encargos ministeriales, más próximas al experimentalismo institucional que al espíritu popular que históricamente definió este patrón de teatro lírico. Por eso –lo reconozco– asistí con recelo a la representación de El Orgullo de quererte en los Teatros del Canal. Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula: la música de Javier Carmena respira una espontaneidad y un amor por la mejor tradición que la alejan de cualquier artificio academicista. En las notas al programa el compositor y el libretista, Felipe Nieto, declaran haber compartido la idea, en un ya lejano 2010, de ‘crear una zarzuela de gran formato que respetara las estructuras y el espíritu del género tradicional’. Una formulación tan vaga en realidad sirve de poco: tan zarzuela es Jugar con fuego como El bateo, La corte de Faraón, El caserío, Benamor o Los sobrinos del capitán Grant. Por fortuna, el resultado escénico va mucho más allá del previsible pasticcio y lo que se percibe en El Orgullo de quererte es un conocimiento profundo –y todavía más, un amor sincero– hacia las zarzuelas de esa etapa epigonal protagonizada por Torroba, Sorozábal, Serrano, Guerrero y Alonso. Esa filiación estética, precisamente, es lo que otorga verdad y frescura a la partitura de Carmena.
Así pues, El Orgullo de quererte enlaza con la tradición de la ‘comedia lírica’ romántica inaugurada por Doña Francisquita. Como en aquellas obras, encontramos personajes secundarios inolvidables, coros vibrantes, un aire de elegancia y un lirismo que se reserva sobre todo para los protagonistas. En este caso resulta acertado que no haya un discurso político explícito –algunos críticos lo han echado en falta–, pero no era necesario: El Orgullo de quererte no aspira a ser una nueva Gran Vía, sino más bien una nueva Luisa Fernanda. Desde esa perspectiva se comprende su desenlace nostálgico y sentimental, que corona la obra con un aire de elegía amorosa. Ahora bien, conviene no caer en la remilgada tibieza. La zarzuela ha sido siempre capaz de llamar a las cosas por su nombre y en este sentido sí debemos exponer un punto serio de crítica al libreto: el personaje de Alonso se presenta aquejado de ‘la enfermedad’, aludiendo de manera eufemística al VIH. En 2025 resulta injustificable ese recurso, que no hace sino perpetuar un estigma. El VIH no es una ‘enfermedad’ sino un virus controlable que solo en algunos casos deriva en sida. Hablar de ello con rodeos y silencios no aporta lirismo, sino que contribuye al tabú. El libreto acusa también su origen en una primera versión semiescenificada en 2022 y, en consecuencia, el personaje de P. J. (interpretado por Enrique Viana) como narrador o maestro de ceremonias resulta hoy redundante, a ratos incluso pesado. Una revisión que lo integre de manera más orgánica en la acción enriquecería sin duda el conjunto. Tampoco los cantables alcanzan siempre la brillantez deseada: en ocasiones se percibe que algunos versos han sido encajados sobre melodías previas, con resultados algo forzados.
La puesta en escena, con dirección de Albert Boadella y Martina Cabanas, aprovecha bien el contraste entre lo festivo y lo nostálgico, situando la acción en el barrio de Chueca y jugando con símbolos de memoria y celebración. El elenco vocal cumplió con solvencia, destacando la expresividad y frescura vocal del tenor Santiago Ballerini (Tadeo) o el lirismo de Berna Perles (La Petri). Más inseguro –tal vez porque sólo cantó una representación– nos pareció el barítono Enrique Sánchez-Ramos (Alonso), que en cualquier caso cumplió en lo actoral. Estupendas las tres ‘mariliendres’ de María Rey-Joly, Mar Morán y Andrea Rey, que en su foxtrot del tercer acto recibieron la mayor ovación de la velada. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid han sido dirigidos por Alondra de la Parra, excepto en la función a la que acudí, en que la batuta fue empuñada con pasión y precisión por el joven José Luis López Antón. La respuesta del público fue apoteósica. La sala, llena hasta la bandera, reunía perfiles muy distintos aunque todos parecían compartir un mismo entusiasmo, riendo a carcajadas en los momentos cómicos, conmovidos en los más líricos, y aplaudiendo con verdadera pasión al final de cada número. Ese clima de comunión intergeneracional y diversa es quizá el mayor triunfo de la función: demostrar que este teatro musical puede seguir siendo un acontecimiento popular en el mejor sentido, capaz de unir públicos distintos bajo una misma emoción. Y es que El Orgullo de quererte no es una zarzuela ‘de encargo’ pensada para agradar a un comité del Ministerio de Cultura, sino una obra escrita con sinceridad, con humor, con ternura y con un conocimiento profundo de este patrón lírico. Acertaron los autores en su declaración de intenciones y lo mejor de todo es que me quedo con ganas de volver a verla si se repone en el futuro o –mejor aún– de asistir a un nuevo estreno de Carmena y Nieto. © Enrique Mejías García, 2025
23/IX/2025 |