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Francisco Asenjo Barbieri / José
Picón A vueltas con Emilio Sagi: Pan y toros en Oviedo Yo no sé si éste es el camino o no, pero a mí ya me empieza a fatigar. Emilio Sagi, en su exquisita e incomparable elegancia, ha venido a dar con una fórmula escénica que encandila al auditorio a fuerza de esteticismo e imaginación plástica, pero ¿es esto válido para cualquier zarzuela ? La verdad es que no lo creo. Al plantear una opereta como La generala, Katiuska o El cantor de México, se aprueba -y hasta se agradece- la mutilación de los absurdos parlamentos demodés. Lo mismo podríamos decir de su inolvidable versión de La parranda, de cara bien lavada y que todos deseamos volver a ver repuesta (¿hasta cuándo Olmos seguirá reponiéndose a sí mismo?) Pero, señores, Pan y toros -como también ocurre con Luisa Fernanda-, no es ni una opereta más o menos ligera, ni un zarzuelón de alpargata, ni -¡gracias a Dios!- una ópera. Y aquí es donde comienzan los problemas. Esta costumbre por acortar diálogos al máximo hasta reducir las obras a apenas dos actos si es que los llega a haber, ¿no tendrá algo que ver con el "pecadillo original" de querer convertir la zarzuela en una resplandeciente y comercial ópera?
En cualquier caso la trama se sostiene, sacrificando caracteres secundarios como la Tirana o el propio Pepe-Hillo, que prácticamente desaparecen de la escena. Sagi es un maestro moviendo a sus personajes en los diferentes números musicales y lo que no se dice con palabras, de un modo u otro, se expresa con los gestos y las evoluciones escénicas. Los originales juegos de sillas y ventanas del director, así como un particular gusto por el entramado de telones traslúcidos (en esta ocasión un homenaje a Goya), no dejan de transmitirnos una curiosa sensación de déjà vu y redundancia. Una obra de casta como Pan y toros queda convertida, de esta manera, en una especie de opera cómica algo sosa, que se sostiene por su fascinante partitura y una escenografía y un vestuario limpios y vistosos (debidos, en esta ocasión, a Enrique Bordolini e Imme Möller respectivamente). La iluminación -diseñada por el propio escenógrafo- juega un papel decisivo en la limitación de espacios dramatúrgicos en este Pan y toros, más luminoso de lo habitual y de encarnada tonalidad hispana.
El trabajo de conjuntos es el punto fuerte de Emilio Sagi y la manera en que resolvió el concertante del segundo acto permanecerá en el recuerdo de todos los que lo hayan disfrutado. Su pasión por la zarzuela puede con todo, así que, ¿no habrá llegado el momento de plantear puntos de evolución en su lenguaje escénico? Por otro lado, ¿es que no hay más registas de primerísima línea interesados en dirigir zarzuela ? En el plano interpretativo se ha podido disponer en este Pan y toros de un equipo solvente y cumplidor, aunque no se haya logrado alcanzar la excelencia memorable más que en el caso de una diva en el género como es Carmen González como malvada Doña Pepita. En el tropel de personajes secundarios no se pudo exprimir el jugo de artistas como Luis Álvarez (Corregidor), Miguel Sola (Goya), Javier Ferrer (Pepe-Hillo), David Rubiera (General) o Itxaro Mentxaka (Ciega/Tirana/Duquesa), precisamente por los drásticos cortes de los parlamentos dialogados. Sí se debe destacar la loable actuación de Emilio Sánchez en el jugoso papel de Abate Ciruela, o la de la pareja noble conformada por unos integrados y encendidos María José Suárez (Princesa de Luzán) y Ángel Ódena (Capitán Peñaranda). Si las sillas de Emilio Sagi han servido para algo ha sido para tener bien sentado y dispuesto a un Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo que, de ninguna manera, sabe manejarse sobre las tablas de un teatro. El brillante y castizo primer acto, en este sentido, quedó completamente deslucido en comparación con los más intrigantes, y diseñados de un único trazo, segundo y tercero. La Oviedo Filarmonía dirigida por José M. Pérez-Sierra estuvo al nivel de las circunstancias y se fue creciendo a medida que avanzaba una función que empezó algo desvaída y terminó en espléndida fiesta nacional. © Enrique Mejías García 2009 Reparto: Carmen González (Doña Pepita); Mª José Suárez (Princesa de Luzán); Ángel Ódena (Capitán Peñaranda); Miguel Sola (Goya); Luis Álvarez (Corregidor Quiñones); Emilio Sánchez (Abate Ciruela); José Antonio Lobato (Jovellanos); Javier Ferrer (Pepe-Hillo); Julio Cendal (Pedro Romero); Jorge Rodríguez-Norton (Costillares); David Rubiera (General); Itxaro Mentxaka (Ciega/Tirana/Duquesa); Ignacio Giner (Padre ciego); Nacho Rodríguez (Niño ciego); Lorenzo Moncloa (Santero); Rubén Díez (El del Pecado Mortal); Pedro González (Vendedor/Mozo de cordel); Gozalo Quirós (Vendedor); Figuración; Ballet; Dirección musical - José M. Pérez Sierra; Dirección de escena - Emilio Sagi; Escenografía e iluminación - Enrique Bordolini; Figurines - Imme Möller; Coreografía - Nuria Castejón; Oviedo Filarmonía; Coro Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo (director, Miguel Ángel Campos). Edición crítica de
la partitura de Emilio Casares y Xavier de Paz (Fundación
Autor/Instituto Complutense de Ciencias
Musicales)
13/IV/2009 |