|
Pepita Jiménez En 1919, respondiendo a su pregunta ‘Why Some Operas are Rarely Given’, escribía el crítico americano Gustav Kobbé en The Complete Opera Book: ‘audiences of today simply will not stand for spoken dialogue in grand opera’. Parece mentira que, más de un siglo después, el Teatro de la Zarzuela prosiga con esta disparatada manera de enfocar sus temporadas y que la primera stagione íntegramente diseñada por Isamay Benavente parezca un epílogo de las firmadas por Daniel Bianco. Este ‘Teatro de la Gran Ópera Española’, sito en la calle de Jovellanos, presenta cuatro producciones operísticas de un total de seis, a saber: Pepita Jiménez, La Edad de Plata (programa doble de Goyescas y El retablo de maese Pedro), El gitano por amor de Manuel García y un nuevo Gato Montés (¡!) a cargo de Christof Loy. La recuperación escénica de El Potosí Submarino de Arrieta y el nuevo Jugar con fuego serán las únicas zarzuelas del cartel; solitarias flores en medio de un páramo dramático.
Porque lo que anoche se vio en la Zarzuela no fue exactamente la versión de Pablo Sorozábal, en castellano, con final trágico y que Mario Lerena ha estudiado con exquisita profundidad en sus notas al programa (un artículo que hay que leer). Anoche se asistió a una escabechina, recortando con pasmosa prepotencia la ópera por aquí y por allá, frustrando su dramaturgia y reduciéndola a su mínima expresión –75 minutos–. El resultado no funciona, no puede funcionar; pero es que, además, del Monaco fuerza todo el material para amoldarlo a ‘su’ visión de Pepita Jiménez que, por supuesto, es una mujer añosa, frustrada sexualmente, de impulsos descontrolados y a la que el Vicario intenta practicar un exorcismo.
Con todo, la batuta de Guillermo García Calvo se aplicó como pudo extrayendo las bellezas de esta partitura que dice tanto como calla, aunque la hipnótica música del segundo acto quedó reducida a su mínima expresión, suprimiendo incluso la intervención del coro infantil. La soprano Ángeles Blancas hizo lo que pudo como actriz con un papel que, a día de hoy, le supera vocalmente. Por suerte, el tenor Antoni Lliteres –sustituyendo al previsto Leonardo Caimi– ofreció una pulida lectura de su parte, aunque la romanza insertada por Sorozábal en el tercer acto le puso en más de un aprieto. Artísticamente, lo mejor de la velada fue ofrecido por Ana Ibarra, que obtuvo como Antoñona los aplausos más sinceros en una noche que, como está visto, justifica la boutade de Pierre Boulez: ‘¡Hay que quemar los teatros de ópera!’.
De mala ópera, concretamente, como uno puede permitirse el lujo cuando se juega con el presupuesto público. Ojo al dato: según el Portal de Transparencia de la Administración General del Estado (escriban ‘Pepita’ en el buscador por texto), la gracia de esta dirección de escena les ha costado a los españoles 50.000 euros. ¡Me vuelvo a Venecia! © Miccone y zarzuela.net, 2025
4/X/2025 |