Dos valores mal conjuntados Se cumplen cuatrocientos años de la publicación en Madrid de la primera parte de El Quijote. Los fastos programados para celebrarlo abarcan todo tipo de manifestaciones culturales, no siendo ajenas a ellos la música y el teatro. El coliseo de la Zarzuela rebuscando en el patrimonio lírico hispano ha seleccionado dos obras dispares en un acto con las que ha confeccionado un brillante programa doble. El primer y único pero que ponemos a este montaje es la mentada disparidad de las obras reunidas. Se trata de una zarzuela atípica y de una ópera no menos rara. Pero sobre todo se trata de dos obras de calidad teatral y musical muy distinta. Así si la ópera de Falla puede ser englobada entre las obras maestras del compositor, la zarzuela de Chapí y Fernández-Shaw es una bella pieza que muestra la delicada y compenetrada labor de músico y libretista pero no alcanza la categoría de su compañera de cartel. De este modo al agruparlas la comedia lírica queda tristemente empequeñecida sin poder brillar con luz propia.
Y es que ya lo dijo el crítico Serrano de la Pedrosa en su estreno: la obra debería haberse desarrollado a lo largo de tres actos, ya que la historia quijotesca se queda sólo en anécdota; yo soy de la misma opinión. En cualquier caso la obra con su particular fisonomía tiene el valor de suponer una aportación original al género chico en un momento crítico de su historia; y se trata de una apuesta valiente en un teatro como el Apolo tan vinculado a la zarzuela chica. Chapí era consciente de la difícil senda que estaba empezando a tomar el género y propuso una salida diferente al mismo aunque luego no fuera secundado por nadie. La lectura que hace Luis Olmos de la zarzuela de Chapí está dentro de la mayor ortodoxia: tan sólo toca el final donde el monólogo cervantino es recortado y se cambia la evocación de la aventura de los molinos por la entrada de Maese Pedro y sus gentes en la venta, estableciendo así un puente con la segunda parte del espectáculo. La labor de dirección consigue dar una gran fluidez narrativa a una obra que a los ojos de hoy se puede percibir con cierta extrañeza por la falta de costumbre de ver la contaminación de géneros tan natural en otras épocas. La escenografía del cuadro único a pesar de su sencillez se convierte en marco más que adecuado para la comedidamente colorista puesta en escena. El reparto trabaja con enorme profesionalidad; sin embargo, como se trata de una obra con muchos personajes secundarios, todos los cantantes y actores se desenvuelven con la necesaria discreción. El gran barítono Enrique Baquerizo construye un protagonista Don Quijote perfecto escénicamente aunque con ciertas limitaciones vocales la noche que le pudimos ver. El retablo de Maese Pedro es otra cosa. La trama teatral es una brillante adaptación de los capítulos XVI y XVII de la segunda parte de El Quijote, en los que Falla introduce algunos cambios. La partitura muestra el profundo conocimiento que el autor tenía de la música española antigua que sabe reelaborar con enorme talento. Estos rasgos hacen que Luis Olmos se sienta mucho más cómodo para dar rienda suelta a su vocación de integrador del teatro y la danza y convierta la representación del retablo de marionetas en un auténtico ballet. De este modo consigue hacer un montaje francamente delicioso. Mientras que los personajes que acuden a ver la función a la venta adoptan la apariencia de tiernos muñecos infantiles, los que hacen de verdaderas marionetas son mucho más realistas y recrean trajes de época. Por su parte Maese Pedro, el Trujamán y Don Quijote que inteligentemente tiene un registro escénico semejante en ambas obras, dando unidad al espectáculo se columpian con acierto entre la fingida realidad y la ficción dentro de la ficción. Un hecho fortuito ayudó a reforzar ese efecto: la triste indisposición del contratenor Flavio Oliver hizo que la parte cantada de su personaje la interpretara desde un palco del proscenio la soprano Auxiliadora Toledano; de este modo la conseguida mímica de Oliver y el bello canto de Toledano acentuaron el mágico carácter dual del Trujamán. La coreografía y dirección de escena de la ópera de Falla en este caso se trató de una misma cosa, resultaron brillantísimas. Las historias romancesca y quijotesca quedaron bellamente dibujadas, con unos entrañables personajes que irradiaban ternura. Los figurines y la escenografía (que compartía la estructura arquitectónica utilizada en la zarzuela chapiniana) pusieron el broche de oro a este montaje sobresaliente. Orquesta y coro supieron aprovechar con sabiduría las dos partituras, tan diferentes entre sí; Lorenzo Ramos dio adecuado contrapunto a las brillantes ideas escénicas de Luis Olmos. Noche de lujo en suma, con la extraña sensación de que, de no haber tenido que cumplir con la obligación conmemorativa habríamos disfrutado mucho más cualquiera de las dos obras representadas, acompañadas de otra compañera de camino más adecuada. © Ignacio Jassa Haro 2005 Un comentario sobre la música de Chapí: Como muchos de nuestros lectores no habrán tenido la oportunidad de escuchar La venta de Don Quijote* creemos que es procedente hacer a modo de epílogo un pequeño comentario sobre su música. Chapí cuidó la composición de la partitura hasta el último detalle. Partiendo del motivo floreado del viento metal con resonancias antiguas o del memorable punteado de la cuerda escuchado al comienzo de la primera escena el material musical que utiliza Chapí es típico de su último estilo compositivo, desde La patria chica o El puñao de rosas. El punteado sorprendentemente anticipador de la jota de La villana de Amadeo Vives es utilizado con elegancia a lo largo de los cinco números de la partitura contribuyendo a que la acción progrese con la misma eficacia que en las más conocidas colaboraciones entre el músico y su libretista. La acción se nos muestra desde el punto de vista del señor Miguel (Cervantes, que tendrá idéntica actitud en la más tardía El huésped del Sevillano) pero el discurso musical está marcado por varias escenas corales llenas de vida, con fluidos diálogos e intervenciones habladas de Don Alonso (Don Quijote), el ventero, Maritornes y otros huéspedes de la venta. La creatividad de Chapí consigue una partitura de indudable inteligencia, con una refinada orquestación y que resulta sumamente agradable al oído. La apasionada declaración amorosa de Don Alonso a Maritornes es una joya donde la ternura y el absurdo se dan la mano. En suma, los cinco números de La venta de Don Quijote, contabilizando unos veinte minutos de música, sin ser de una absoluta singularidad representan a un Chapí en plenas facultades como músico teatral. © Christopher Webber 2005 * Gracias a John Tombs por su ayuda. La venta de Don
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