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La Edad de Plata Confieso que acudí al Teatro de la Zarzuela con esa mezcla de ilusión y cautela que siempre provocan los reencuentros con obras raras y a la vez queridas. Goyescas y El retablo de maese Pedro no son precisamente huéspedes habituales de nuestros escenarios, y uno agradece cualquier ocasión de volver a verlas. Quizás, por eso mismo, duele más cuando no se las deja hablar. La Edad de Plata es un espectáculo firmado por Paco López, producido por la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga en 2023, que recala ahora en Madrid. Bajo este título se sirven dos platos tan diferentes con la guarnición de la Marcha de los vencidos y la Danza de los ojos verdes de Granados y Psyché de Falla. No se trata, por tanto, de un mero programa doble, sino algo más ambicioso: una ucronía. Así, con todas sus sílabas. Una velada imaginaria en casa de Ignacio Zuloaga en el París de los felices veinte, donde se dan cita Granados (aunque murió en 1916), Falla, Stravinski, la princesa de Polignac, poetas, bailarinas, espectros, recuerdos, nazis a las puertas de la ciudad y, si no me falló la vista, hasta la propia Historia con mayúsculas paseándose por el escenario.
Lamentablemente, la dramaturgia oscila entre el didactismo escolar y el tremendismo más melodramático. No faltaron a la cita el Cara al sol, el No-Do y el espectacular retrato que Zuloaga realizase en 1940 de Franco. Cincuenta años después de muerto, el Generalísimo sigue apareciendo con puntualidad británica en casi cualquier espectáculo subvencionado. Granados, que tuvo la descortesía de morirse veinte años antes de la Guerra Civil, también acaba orbitando el franquismo por arte de dramaturgia retrospectiva. Propongo instaurar un pequeño juego etílico: chupito cada vez que el dictador asome en escena. La función ganaría en animación.
Por desgracia, el hechizo se rompió tras el descanso. El retablo de maese Pedro es una obra que pide miniatura, precisión, encanto artesanal. Es teatro de cámara, casi de juguetería fina: cada gesto cuenta, cada timbre importa. Convertirla en soporte de un dispositivo audiovisual con espantosas proyecciones constantes –justificadas, al parecer, por una remota conexión con Luis Buñuel– fue como colgarle a una tabla renacentista una pantalla de PowerPoint. En lugar de los títeres de rigor, la película proyectada podría compararse con una versión chusca de La venganza de don Mendo de Pedro Muñoz Seca. ¿Un homenaje quizás velado a las matanzas en Paracuellos de Jarama durante la guerra civil por el bando republicano…?
Esta segunda parte cayó de lleno en esa pedagogía escénica que lo explica todo, lo subraya todo y, por tanto, no deja nada a la imaginación. Las referencias históricas, cada vez más evidentes, terminaron desembocando en moraleja final –con letras bien gordas– sobre la pantalla. Cuanto más aparato conceptual se acumula, menos espacio queda para lo único imprescindible: que la música haga su trabajo. Cervantes y Falla ya reflexionaron, con infinita inteligencia, sobre la ilusión escénica. ¡No parecía urgente añadirles un manual de instrucciones!
Me despido, como tantas veces, pregonando en el desierto: ¿por qué el Teatro de la Zarzuela le hace los deberes al Teatro Real, que recibe un maná de dinero público todas las temporadas para no poner en escena óperas de creación española? En lugar de Goyescas, ¿no tendría más sentido ver en el Teatro de la Zarzuela El cortejo de la Irene de Chapí?; en vez de El retablo de maese Pedro, ¿no tendría más sentido El alguacil Rebolledo de Sorozábal? ¡Ahí queda eso! © Miccone y zarzuela.net, 2026
2/II/2026 |