El comisario (J.L.Esteban) fuerza a Apolonia Carabias (E.Roy) a cantar los cuples babilonicos de "La corte de Faraon". ¡Una noche de Zarzuela...! (© Jesus Alcantara, Teatro de la Zarzuela 2009)

Sueño lírico en dos actos
con texto de Luis Olmos y Bernardo Sánchez
¡Una noche de Zarzuela…!

Teatro de la Zarzuela
(Madrid, 22 de mayo de 2009)


Ignacio Jassa Haro


España tiene sus heridas de guerra aún sin cicatrizar… Ya, ya sabemos que no es nada nuevo, pues hablamos de la guerra del 36. La última campaña electoral a las elecciones europeas, dramáticamente bipolarizada entre la derecha y la izquierda, es la muestra más reciente, pero los constantes tiras y aflojas del día a día del curso político, son un suma y sigue imparable en el ahondamiento de la brecha que separa cada vez más a las dos Españas. Y el teatro no podía por menos que reflejar directa o indirectamente esta enfermedad (¿sin cura?) que nos aqueja.

Un espectáculo antológico de zarzuela (¿zarzuela?, ¿hay algo más de derechas?, dirán algunos) que se pone del bando de "los otros" puede ser un auténtico polvorín. Y así lo ha sido. Las funciones de abono (según información del diario La razón, nada sospechoso de connivencia con el gobierno socialista, responsable de este teatro nacional) vivieron momentos de tensión, con abucheos al espectáculo o a Esperanza Roy en los momentos más descarnados y comprometidos del montaje, estentóreos abandonos de la sala durante el transcurso de la representación por parte de algunos espectadores indignados y enfrentamientos verbales que casi llegan a las manos entre facciones del respetable a la salida de la función. ¡Qué vergüenza!

Y lo consideramos vergonzoso porque aunque el montaje tome partido, que así lo hace, toma el único partido decente: el de censurar una guerra terrible que partió en dos a un país en un momento crítico, que dejó sin esperanzas (de futuro y de presente, como la de llevarse el pan a la boca) a millones de españoles, que nos costó un retraso de cuarenta años para entrar en la modernidad que llevábamos anhelando desde siglos y que la interesada inoperancia de los de siempre (bajo la ignominiosa tutela de Roma) impidió jamás alcanzar. El montaje no se mete con la derecha franquista: se mete con la guerra fraticida y con sus consecuencias, aunque por supuesto aluda a los abusos de poder del régimen en la tempranísima posguerra, como no podía ser de otra manera. "¿Quiénes son los nuestros, Apolonia?" le preguntan a la soñadora empresaria lírica encarnada por la inefable Roy. "La Compañía", responde ella con rotundidad.

Esperanza Roy contesta con vehemencia: "La compañia... son los nuestros. La Compañia"  ¡Una noche de Zarzuela...! (© Jesus Alcantara, Teatro de la Zarzuela 2009)Pero cambiemos de tercio. Al margen del candente telón de fondo político, este montaje resulta a nuestro juicio muy poco oportuno en estos momentos. En primer lugar porque consideramos un hábito poco sano que el director de un teatro público haga doblete como regista en una temporada de tan pocos montajes (aclaración: lo llamamos "hábito" porque no va a ser la última ocasión en que esto ocurra…) El segundo reproche viene de lo imperdonable de despojar a temporada tan raquítica (en cuanto al número de montajes líricos se refiere) de la posibilidad de programar un título completo para, en su lugar, exhibir otra cosa. Cuando un teatro de ópera pone en escena una decena de obras por temporada se puede permitir combinar los títulos de repertorio con otros menos conocidos y además hacer "extravagancias" interesantes. Pero cuando una casa como ésta -auténtico referente mundial en los montajes de zarzuela- sólo tiene cuatro o cinco oportunidades al año para mostrar la riqueza inagotable del género que representa, debe tener vetado salirse de la carretera.

Hagamos un nuevo viraje en nuestros planteamientos. Bernardo Sánchez y Luis Olmos demuestran una fina sensibilidad en el planteamiento global del montaje. Sin apenas altisonancias y con unos diálogos en ocasiones tópicos pero siempre fluidos, el texto y la puesta en escena logran dar forma a un espectáculo de intensa emotividad y acentuada cualidad evocadora que mantiene en vilo al público hasta la caída final del telón (ruidosamente aplaudida). La música se encarga de otorgar ese plus que acentúa, sugiere o desmiente lo visto en escena. ¡Sin embargo qué poco imaginativos se han mostrado nuestros antólogos a la hora de seleccionar el material musical! Cuánto número requete-oído (en esta misma casa, sin ir más lejos, en las series de conciertos de las tres últimas temporadas) que pierde toda expresividad de tan desgastado que está por el uso... Al igual que han hecho con las referencias a la política o a la vida cotidiana de la España de 1941, tan cuidadosamente documentadas, ¿no se podrían haber informado convenientemente sobre el repertorio zarzuelístico de la época? Habría sido deseable que rescataran, al menos, algún fragmento interesante de obras contemporáneas con el que transportarnos de manera verosímil al momento de la acción. Pero claro, siempre se podrá aducir que el recurso a la antología (conformada con éxitos del pasado) les exime de ello…

La Orquesta de la Comunidad de Madrid y el Coro del Teatro de la Zarzuela tuvieron la noche de autos una memorable contribución, de la que no son ajenos Cristóbal Soler desde el podio (con una batuta vigorosa que obtuvo un sonido rotundo pero no abrumador de una cada vez mejor ORCAM), y Antonio Fauró y Luis Olmos desde las cajas (sabiendo despertar la vocación actoral de los miembros del coro titular). Resulta delicioso ver cómo actuaron éstos (sobre todo "éstas") bordando su papel de cantantes parroquiales que afrontan con pacata timidez los ensayos de un espectáculo profesional… Como es norma en todos los montajes de Olmos la presencia del cuerpo de baile logró aportar algo (más bien mucho) a la historia, superando el pasivo papel de comparsa que otros directores le otorgan; la emocionante y comprometida coreografía de la "danza del fuego" de Benamor (donde se denuncia el lado más negro del sufrimiento popular durante la posguerra), despertó uno de los mayores aplausos de toda la noche.

El pueblo español de la posguerra hambriento y humillado segun la coreografia de la danza del fuego de "Benamor". ¡Una noche de Zarzuela...! (© Jesus Alcantara, Teatro de la Zarzuela 2009)

El homogéneo elenco de solistas se caracterizó por saber mantener el deseable equilibrio entre lo cantado y lo declamado (con cierto predominio de lo primero). Solamente el tenor Francisco Corujo, de elegante emisión, exhibió más rigidez actuando, si bien debe decirse en su defensa que fue fichado tras el comienzo de las funciones de este montaje por baja de dos de los tres tenores anunciados. Las dos sopranos por nosotros vistas, la lírica Ana Ibarra y la ligera Susana Cordón, dibujaron con gracia los dos personajes más tópicos de la obra: la mujer de rompe y rasga y la niña tonta; esta última nos emocionó sin embargo en el dúo de El gato montés (cantado con Julio Morales) donde emula en tronío a su compañera de reparto. El barítono Carlos Bergasa (que a pesar de estar aquejado de una afección vocal tuvo una actuación sobresaliente, con un fraseo elegante y bien matizado) y el ya mencionado tenor cómico Julio Morales (algo limitado en los momentos más comprometidos) completaron el equipo vocal, aunque Ismael Fritschi (como el "rojo" huido escondido en el teatro) y sobre todo Esperanza Roy también tuvieron sus cameos musicales.

Pero yo me quedo con la impresión final de una señora que abandonaba junto a un grupo de amigas la sala detrás de quien esto firma… "¡Qué bonito!, ¡qué emocionante!" exclamó de manera espontánea mientras se ponía alegremente su chaquetón de pieles cuando todavía resonaban en nuestra cabeza los conmovedores compases de Suspiros de España… Poco le duró la alegría pues una de sus amigas le respondió rápidamente con recelo "Es cierto, pero… ¡cómo ponen a la derecha!"

© Ignacio Jassa Haro 2009


Antología lírica ¡Una noche de Zarzuela!... (Sueño lírico en dos actos). Texto de Luis Olmos y Bernardo Sánchez. Música de Francisco Alonso, Emilio Arrieta, Francisco Asenjo Barbieri, Tomás Bretón, Ruperto Chapí, Federico Chueca y Joaquín Valverde, Manuel Fernández Caballero, Gerónimo Giménez, Jacinto Guerrero, Pablo Luna, Vicente Lleó, Pedro Miguel Marqués, Federico Moreno Torroba, Manuel Nieto, Manuel Penella, Pablo Sorozábal y Amadeo Vives. Madrid, Teatro de la Zarzuela, 22 de Mayo de 2009.
Reparto:
Simón (pianista) - Eduardo Fernández; Apolonia Carabias - Esperanza Roy; Sebastián - Julio Morales; Marcela - Ana Ibarra; Dorita - Susana Cordón; Juan - Francisco Corujo; Cayetano - Juan Carlos Talavera; Adelardo - Carlos Bergasa; Ramiro - Vicente Díez; Julián - Ismael Fritschi; Comisario - José Luis Esteban; Ballet; Figuración; Coro del Teatro de la Zarzuela (dir., Antonio Fauró); Orquesta de la Comunidad de Madrid; Dirección musical - Cristóbal Soler; Escenografía - Gabriel Carrascal; Figurines - María Luisa Engel; Iluminación - Juan Gómez-Cornejo (A.A.I.); Coreografía - Florencio Campo; Dirección de escena - Luis Olmos
Nueva producción del Teatro de la Zarzuela


2 de Mayo de 2009
Reparto: Sebastián - Manuel de Diego; Marcela - Carmen Serrano; Dorita - Yolanda Marín; Juan - Francisco Corujo; Adelardo - Juan Jesús Rodríguez; Dirección musical - Enrique Diemecke; el resto del reparto es común con el del 22 de Mayo

El Dos de Mayo, día que se celebra la fiesta oficial de la Comunidad de Madrid universalmente conocida gracias a los pinceles de Goya, fue la fecha en que el tenor Francisco Corujo (sobre el que ya hemos hablado más arriba) tuvo que hacerse cargo por vez primera del rol del tenor serio de este montaje. El resto del reparto actuante supo arroparle con enorme talento y por eso nos sentimos obligados a hacer esta addenda que deje constancia de ello. Una gentil Yolanda Marín como tiple ligera, mostró una expresividad poco común entre las de su cuerda que unida a su elegancia natural y su virtuosa agilidad nos depararó momentos tan gratos como la polaca de El barbero de Sevilla o el dúo con el tenor de El gato montés. Su compañero en dicho dúo, el tenor cómico Manuel de Diego, también lució su gracejo y cualidades como Lamparilla (tirana), Cardona (canción de la juventud) y Celemín (jota de La dolores). Carmen Serrano empezó la noche con una lectura correcta pero algo rígida del aludido dúo del Barberillo o de la romanza de El anillo de hierro pero luego se creció con los dúos de Tabernera y Manojo o con las carceleras de Las hijas del Zebedeo. Ella y el barítono Juan Jesús Rodríguez son los cantantes que más tablas mostraron en los parlamentos; el barítono además hizo gala de su viril poderío en las romanzas más emocionantes de la noche: la canción del sembrador de La rosa y el "Adiós, dijiste" de Maravilla. El maestro mexicano Enrique Diemecke -de feliz recordación por su lectura de Las bribonas y La revoltosa hace dos temporadas- otorgó color a esta fotografía en blanco y negro recién revelada de esa sufrida España de la posguerra.

© Ignacio Jassa Haro 2009


portada de zarzuela.net

11/VI/2009