La verbena de la Paloma Teatro de la Zarzuela 2005

Tomás Bretón / Ricardo de la Vega
Prólogo y diálogos adicionales de Bernardo Sánchez
La verbena de la Paloma

Teatro de la Zarzuela
(Madrid, 10 & 18 December 2005)


Ignacio Jassa Haro

Hay dos formas antagónicas de abordar con éxito el montaje de los grandes clásicos del teatro, una de vocación “esencialista” que centrándose en lo radical tienda a obviar lo epidérmico y otra mucho más “existencialista” donde se apueste decididamente por uno o varios rasgos parciales más o menos trascendentes (pero en cualquier caso característicos) de la obra en cuestión que aunque hagan de ese montaje algo mucho menos universal puedan ser especialmente felices en una determinada coyuntura. Por esta última vía ha optado el experimentado hombre de cine y teatro que es Sergio Renán, haciendo un montaje en el que prima la visualidad, deslumbrante, que mana de la “metahistoria” de la obra representada. Y es que aproximadamente cuarenta años después del estreno de La verbena de la Paloma (1894), un cineasta desde entonces célebre inmortalizó aun más si cabe la obra de Bretón a través de una película de igual título que marca un hito en las adaptaciones cinematográficas de zarzuela. La cinta de Benito Perojo es homenajeada en el montaje de Sergio Renán, quien en consonancia ambienta la obra en la época del estreno cinemátografico (1935), hace referencias a la puesta en escena de la película e incluye diálogos adicionales con referencias al cine de entonces.

Se supone que estamos en el mítico teatro de Apolo (en puridad es algo imposible pues éste sucumbió a la voracidad capitalista en 1929, seis años antes de que se exhibiera por vez primera la joya de Perojo). Para ahondar en el segundo rasgo “metahistórico” de La verbena… aquí elegido, o sea, el hecho de ser un hito apolíneo, se intercalan dos intermedios dialogados y se antecede con un prólogo el sainete de Ricardo de la Vega. Con estos elementos se pone al público en antecedentes de lo que llegó a ser el teatro de la “c’Alcalá”. Además de las referencias al cine y a Apolo, la proyección de dos películas documentales durante las transiciones entre los cuadros del sainete permite hacer un recorrido visual por el Madrid del primer tercio del siglo XX. Hemos de confesar que la evocación de Apolo no sólo ha servido como medio de contextualización de la obra representada; a los incondicionales del género ha conseguido arrancarles más de una lágrima por poder hacerles sentir durante unos minutos que la “Catedral” aún seguía viva. De hecho la labor de ambientación ya se produce desde la misma puerta del teatro, con floristas, vendedores de libretos y demás personajes característicos y con un luminoso con el título de la obra colocado sobre el pórtico de entrada de la calle Jovellanos a la manera del que lucía Apolo en los últimos años de su historia. Al entrar en la sala nos sorprende la vista un bello telón publicitario (aquí estático y no “cinemático”) como el que se mantenía desde 1908 en la embocadura del escenario del añorado coliseo de la calle Alcalá antes de que empezara la función.

Exterior - La verbena de la Paloma (Teatro de la Zarzuela, Madrid 2005) (c.) Ignacio Jassa Haro

Así las cosas, Renán ha optado por hacer “una película” y olvidarse de que estábamos en el teatro. De esta manera surge un brillante espectáculo en el que la magia viene siempre de mano de la puesta en escena, especialmente de su atractiva envoltura artística, pero en el que no se acaba de percibir el sentido último de la historia. Ni lo dramatúrgico ni lo musical (esto último lo ampliaremos seguidamente) hicieron por tanto justicia al impresionante aparato visual (coreográfico, escenográfico, luminoso o figurinístico) desplegado. La atención a los diálogos es secundaria manifestándose así la asimetría de las aptitudes escénicas de los distintos actores/cantantes, y no sólo en sus partes habladas sino también en los cantables. Los actores no están bien dirigidos y la historia eterna que este sainete narra no fluye como debiera.

En el plano musical la discreción de los intérpretes (que en algunos casos se tornó en grisura) es la tónica dominante de las interpretaciones. No obstante lo dicho, Raquel Pierotti, que ya llevó al disco hace poco más de una década el papel de Señá Rita, canta este rol con enorme fuerza, llevándose los mayores aplausos de las funciones que presenciamos; si sus facultades vocales ya no son las mismas, su dominio de la escena las compensa. El Don Hilarión de José Manuel Cifuentes (mucho más joven de lo que pide el libretista y liberado gracias a esa circunstancia de los esteriotipados achaques seniles) es mucho más actuado que cantado lo que es una pena en un rol como ése. Los protagonistas de la trama sentimental pasan de la absoluta anodinez (léase la Susana de Sandra Ferrández) a un interesante combinación de buena presencia escénica y aseada línea de canto (para el caso del Julián de Manel Esteve). Es de lamentar que el naturalismo imperante haya hecho optar por una cantaora de verdad y no por una cantante lírica, ya que la amplificación de su voz y sobre todo el menor virtuosismo vocal que así adquiere la soleá impiden redondear la magnífica escena del Café de Melilla. El coro y la orquesta siendo correctos están fríos no luciéndose lo que deberían, habida cuenta de la joya musical que manejan; Miguel Roa no ha tenido en esta ocasión pulso firme con la batuta, provocando esta inseguridad que a la orquesta le falte claridad expositiva y fuerza expresiva.

El primer cuadro empieza asombrando por la espectacular recreación realista de las calles de Madrid, de enorme belleza plástica, que no abandonará al espectador en todo el montaje; es especialmente llamativa la esbelta silueta de la iglesia de San Francisco el Grande que sirve de telón de fondo a la primera parte de la escena. Sin embargo nada más comenzar la obra, el dúo entre Don Hilarión y Don Sebastián es interrumpido inopinadamente para incrustar en medio un diálogo entre el boticario e Inocencio Catalina, un personaje cinéfilo creado para la ocasión y que también aparece en el prólogo y en las transiciones dialogadas entre los cuadros, rompiéndose con ello la magia del parlante cómico. La escena más lograda del cuadro es la de las coplas de Don Hilarión: a cada alusión de éste al género femenino el bello cielo nocturno de Madrid se va poblando de rutilantes estrellas de Hollywood, aunque al final todas quedan eclipsadas por un par de madrileñas “de chipé”, “la” Casta y “la” Susana.

El cuadro segundo es aquél en el que la presencia del cine está encajada de una forma más natural. Al alzarse el telón vemos desarrollarse en escena la proyección de una supuesta producción cinematográfica titulada El millonario y la cantaora en el transcurso de la cual tiene lugar la interpretación de la celebérrima soleá “En Chiclana me crié...” Cuando esto acontece la pantalla de cine (que a la par que secuencias de ese hipotético “musical de los años treinta” va mostrando imágenes directas de primeros planos de los artistas que hay en escena) se transparenta y nos deja ver a la verdadera cantaora de la cinta en el interior del Café de Melilla tal y como las acotaciones del libreto mandan. Son remarcables la belleza de las secuencias filmadas y la conseguida estética de los fundidos entre las imágenes proyectadas y las reales así como la cuidada ejecución de toda la escena –donde los equipos artístico y técnico hacen gala de una gran coordinación– que convierten este momento en el más brillante y emocionante de la velada. Tras unos más convencionales nocturno y escena de las chulapas y Don Hilarión, la coreografía de la mazurca supone la obligada (pero feliz) concesión al mundo del musical cinematográfico norteamericano. El resto del cuadro, donde se desarrolla el nudo de la acción del sainete y que contiene el número musical más complejo de toda la partitura (dúo y escena, quinteto y habanera concertante), es una de las partes del montaje que más sufre las consecuencias de esa falta de interés del director de escena por la historia a la que sirve.

El ya de por sí problemático cuadro tercero resulta tan mutilado en sus diálogos que queda reducido a la mínima expresión. No obstante una potente escenografía e iluminación festivas (con un tiovivo como centro de todas las miradas) ponen adecuado marco al desenlace de la obra así como un magnífico broche de oro a este original montaje en el que tanto se ha apostado por lo visual y al que sólo auguramos porvenir si se revisan los aspectos dramatúrgicos.

© Ignacio Jassa Haro 2005


La verbena de la Paloma
sainete en 1 Acto
música de Tomás Bretón
libreto de Ricardo de la Vega

Reparto y equipo artístico: Juan Manuel Cifuentes (Don Hilarión); Manel Esteve (Julián); Raquel Pierotti (Señá Rita); Sandra Ferrández (Susana); Diana López (Casta); Enrique Ruiz del Portal (Don Sebastián); Eva Durán (Cantaora); Natalia Duarte (Tía Antonia); Francisco Lahoz (Tabernero); Román Fernández-Cañadas (Sereno); Enrique Bustos (Portero); Ana Cid (Portera); Enriqueta Carballeira (Doña Severiana); Tomás Sáez (Comisario); Bailarines; Figurantes; Coro del Teatro de la Zarzuela; Orquesta de la Comunidad de Madrid; Miguel Roa (Dirección musical); Sergio Renán (Dirección de escena y de audiovisuales); Juan Pedro de Gaspar (Escenografía); Pedro Moreno (Figurines); Antonio Fauró (Dirección del Coro); Fuensanta Morales (Coreografía); José Luis Fiorruccio (Iluminación); Felipe Ramos (Diseño de audiovisuales)

La verbena de la Paloma

Nueva Producción del Teatro de la Zarzuela. Funciones dedicadas a la memoria del recientemente fallecido Benito Lauret Mediato (director del Teatro de la Zarzuela entre 1983 y 1985)


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