El Madrid que en la temporada 1877-1878 acogiese el estreno de La confitera y Artistas para La Habana de Barbieri era un Madrid absolutamente diferente de aquel que en 1855 escuchase por primera vez Guerra a muerte de Arrieta. Supongamos a un respetable matrimonio de la época, como aquel Moret-Remisa pintado por Federico de Madrazo, admirándose de las ternuras de época de la partitura de Arrieta en su Teatro Circo de la Plaza del Rey. ¿Qué podrían haber pensado aquellos dos señores en su honorable vejez, cuando sus nietos regresasen silbando las melodías pegajosamente burguesas de La confitera, recién estrenada en el novísimo Teatro de la Comedia ? Aquello podía sonarles tan extravagante como una ópera de Wagner y, de seguro, les reprenderían y mandarían callar añorando junto al piano un aire de Gaztambide o aquel dúo del segundo acto de Jugar con fuego. Desde la Revolución Gloriosa de 1868 España tenía ganas de reír, necesitaba reír. La aparentemente tranquila Restauración borbónica anidaba en su pecho el germen de tragedias venideras y sólo con obras como la ultraligera y chispeante Artistas para La Habana se hacían las vidas más llevaderas a aquellas manadas de horteras, cursis, funcionarios y cesantes que representaban el bestiario de la Villa y Corte. Pero frente a ese aluvión de polcas, habaneras y couplets que las obras musicales de "a real la pieza" proponían, hubo un Madrid tan sólo veinte años antes donde el tiempo se detenía para Concepción Remisa o para la marquesa de Montelo, cuando la Ramirez y la Rivas cantaban el dúo de tiples de Guerra a muerte. La musa eternamente melancólica de Arrieta se aferraría a los corazones de una generación sentimental -no cursi- que, sencillamente, no podía sentirse representada por el estilo nuevo de Barbieri. El acierto de Ópera Cómica de Madrid ha sido, en esta ocasión, codear a dos músicos de igual generación en espacios tan diferentes. La sorpresa ha sido que, frente al prejuicio que se podría tener con el compositor de Marina, todos hemos salido de la sala fuertemente impactados con Guerra a muerte y ya apenas nos acordábamos de los diamantes chicos del Barbieri golfo de los años setenta. Cuán injustas han sido la historia de la música y la estética con un maestro como Arrieta. Su técnica de primerísima categoría corrió siempre pareja de una inventiva melódica que, siendo eminentemente italianizante, resultó en todo momento personal y auténtica. Olvidemos la hipertrofiada e insustancial versión operística de Marina y regresemos a unas playas de Levante menos pretenciosas; que se esconda de nuevo Doña Leonor de Haro bajo su Dominó azul mientras Don José Sotillo nos invita a su Sarao si es que el dragón Jaramillo nos deja algo para cenar tras su Conjuro.
© Enrique Mejías García 2010 16/IV/2010 |