Han tenido que pasar cien años para que alguien se atreva a mirar a Joaquín Valverde sin coletillas. Joaquín Valverde fue, y sabemos que será, "Valverde padre", a la sombra de su ínfimo hijo Quinito. En ocasiones fue "el hermano de la Valverde", en referencia a su popularísima hermana, actriz mítica en el Madrid del ochocientos. Finalmente, "y Valverde" es la coletilla que cuelga detrás del apellido de Chueca en las partituras de La Gran Vía, Cádiz o El año pasado por agua, y a pesar de que se ha recordado que no eran una misma persona todavía habrá quien borre sin compasión su apellido de programas de mano y portadas de cedés [debemos señalar la excepción del caso de Deutsche Grammophon, que, en un arrebato de generosidad, le atribuyó parte de la autoría de El bateo editado en cedé junto a La Gran Vía]. Pero para ese superman de la zarzuela llamado Francisco Matilla el nombre de Joaquín Valverde Durán (1846-1910) no podía quedarse en todo eso. Con la excusa del primer centenario de la muerte del músico, las huestes de Ópera Cómica de Madrid desembarcaron de nuevo en el escenario del Nicolás Salmerón para ofrecer, dentro del ciclo de "zarzuelas en el olvido", cuatro auténticas primicias: El candidato, El novio de su señora, La baraja francesa y La manía de Tomás. En su conjunto el concierto resultó una brillante fotografía panorámica de la estética zarzuelística valverdiana, un compositor plenamente imbuído del espíritu chico puesto en moda por sus compañeros de generación aunque con una preparación técnica sólo superada por Bretón o Chapí. Valverde es alumno de Arrieta, primer premio de flauta en 1867 y de composición en 1870; evidentemente esta capacidad se aprecia en el dominio tantas veces audaz que posee de la armonía, así como de sus muy cuidadas orquestaciones (véase la filigrana tan sencilla como genial de la jota de los ratas de La Gran Vía). De las cuatro obras interpretadas en versión concertada con piano llamaron la atención fragmentos como la canción de Don Cosme de El candidato, el dúo de amor de El novio de su señora o la copla flamenca de La manía de Tomás. Sin embargo, no cabe duda de que la gran triunfadora de la noche fue La baraja francesa, delicioso sainete lírico cuya génesis se encuentra en la misma apuesta de títulos exquisitos que propició la escritura de El chaleco blanco de Chueca o Las doce y media y sereno de Chapí. El conjunto de sus números resulta un casticísimo fresco del Madrid de 1890, con sus corralas, chulos y chulas y una intrigante baraja de póquer como prueba del delito atroz de "pegarse el lote" en un portal. Si el libreto de Sinesio Delgado es, posiblemente, una de sus más felices creaciones, la partitura de Valverde es junto a la de La Gran Vía y Al agua patos del maestro Rubio, una de las joyas de la corona de todas las estrenadas en el memorable Teatro Felipe del Paseo del Prado. Unos couplets para el portero, un terceto cómico con marcha militar, una pantomima desarrolladísima instrumentalmente y una habanera de las que marcaron época, son las bazas a jugar por una baraja que bien mereciera su recuperación escénica.
© Enrique Mejías García 2010 10/IV/2010 |